martes, 12 de febrero de 2013

El señor de la pequeña isla ( cuento )



Había un señor, en un lugar cuyo nombre no recuerdo, que quería hacer a su alrededor un mundo que le agradase. Un pequeño mundo que fuera fresco, colorido, tranquilo,  y abierto. No era malo, ni egoísta, ni tan siquiera muy rico. Era alguien a quien le agradaba compartir  sus cosas, pero de alguna manera necesitaba algo bonito y seguro a su alrededor. Logró un día, comprar una minúscula isla que quedaba en medio de un minúsculo lago, que a su vez quedaba en medio de una comarca agradable  y muy poblada por gentes trabajadoras y bastante normales. Adentrándose en el corazón de esa pequeña isla, que apenas distaba unos cuantos metros de la otra orilla,  allí mismo  el señor construyó su casa soñada.  Cálida  y luminosa, la rodeó de árboles y flores, reservando los mejores ejemplares de unos y otras para ribetear de luz y color todo   el borde exterior  de la playa de su pequeña isla. De esta forma todos los habitantes de enfrente, en tierra firme,  podían regodearse con  la vista y todos los sentidos al contemplar aquel jardín, que sin ser ostentoso, extraía lo  más bello de la naturaleza que estimula y alegra a los hombres.

Allí en el borde mismo de la islita, siempre podía verse aparcado un bote de remos. Era  celeste y blanco  y el agua le movía suavemente a un lado y al otro marcando el paso del tiempo. En fechas señaladas, o porque sí nomás, el señor de la pequeña isla cruzaba en menos de treinta remadas, hasta el puerto de sus vecinos. También de vez en cuando, gentes curiosas o  simplemente espontáneas, visitaban la islita, utilizando el pequeño barco celeste y blanco para cruzar el lago. Casi ni necesitaban utilizarlo en realidad,  porque siempre parecía que  tan sólo de un salto se podía alcanzar la playa de la isla del señor que vivía entre los jardines luminosos.  La tradición y el romántico gesto de cruzar esa pequeña frontera en el bote de remos, complacían a unos y otros y les daba tiempo para contemplar el tiempo y la orilla florida con más parsimonia y anhelo a la vez. Y así pasaron límpidos los años. El señor no impedía las visitas, y era más que feliz al ver vagar a los recién llegados por sus jardines suaves y llenos de paz y color. Se sentía contento de estar allí y tener aquella compañía indirecta, y le alegraba compartir su mágico jardín ya que no pensaba que pudiesen ni debiesen existir fronteras en estos temas ni en otros.  Al caer el sol, todos  los visitantes se volvían a sus casas y el equilibrio se mantenía sin problemas. Y el pequeño bote celeste iba y venía, paciente y brillante, sobre las aguas tranquilas. A nadie se le ocurría  nada diferente de aquel incontrastable hecho de que la isla estaba a disposición de todos, y que su guardián, dueño y jardinero, era como un abuelo mago, bueno y complaciente, cuya obra se podía admirar y disfrutar sin que este pidiera nada a cambio.

Pero  llegó un día, como pasa en todos los cuentos, en que algo cambió. Las lluvias comenzaron a menguar, las cosechas ya no iban y venían desde el campo como antes y  la ciudad del puerto se volvió  algo triste  y distraída. Y el minúsculo laguito se secó. Aquella modesta frontera de agua  entre la pequeña isla y el resto de la comarca desapareció, dejando en su lugar  una fea franja marrón  que circunvalaba los esmerados jardines del buen señor. El barquito bueno, quedó medio enterrado en el barro seco y pareció como que la isla pasaba a transformarse ahora en  parte de la tierra firme.
Y aquellas buenas gentes, que tan controladamente habían aprendido a  contemplar y respetar los jardines que el señor de la pequeña islita había levantado, cambiaron  poco a poco de actitud. Se dieron cuenta, de que en la nueva situación  bastaba con cruzar caminando  sin esfuerzo cuatro metros de tierra seca, para hincar el pie en la verde ladera de la isla. Una isla que pese a la sequía se mantenía extrañamente lozana y espléndida. El verdor les pareció desafiante, y la generosidad del dueño de los jardines, soberbia. La facilidad para llegar a los jardines, pensaron que era tal vez una licencia para ir y venir a su antojo  y sin cuidado ni mesura por entre las flores, frutales y caminos blancos. Fue entonces, el momento en que se perdió aquella amable precaución que imponían sin darse cuenta, el cordón de agua y aquel precioso barquito. El pequeño barco, celeste y blanco, de permanentes brazos abiertos. Los amables vecinos de otrora,   comenzaron a cruzar a toda hora a la isla del buen señor. Ya no marchaban, o se quedaban días  y días y noches y noches, acampando  y bailando sin cuidado sobre el manto de colores y olores maravillosos. De tanto descontrol, y por pensar que muerta el agua, que aquel pequeño reino había pasado a pertenecerles también, no vieron o quisieron ver lo que sus pies y sus gestos iban marchitando. Envidiosos e inquietos pisaron la hierba, y aplastaron las flores y arañaron los árboles. Incluso algunos casi sin darse cuenta. Pero destruyeron todo, día a día, palmo a palmo. Destruyeron, con espíritu público, aquel jardín que nunca les había sido vedado, que nunca había sido privado.

La isla del buen señor, perdió brillo y se gastó, y él fue transformado en un exiliado de su propio jardín maltrecho por los desaprensivos  visitantes. Un día, todos se dieron cuenta al fin, de que la isla ya no extasiaba los ojos con sus colores y brillos, y que en el lugar de las flores, nacía una bruma gris y pesada que lo cubría todo  hasta el centro mismo del lugar. Con actitud airada, y el corazón indignado, dirigieron sus cabezas al corazón de bosque, para reclamarle al dueño la decadencia de su pequeño reino.  Pero allí no quedaba nadie… La casa era ahora tan sólo una maqueta vacía y los pequeños árboles frutales, parecían centinelas secos y cansados, que ya nada tenían que dar ni vigilar. Del señor de la pequeña isla, nunca se volvió a saber nada. Cuando las gentes del puerto,  volvían ofuscadas a sus casas, vieron al pasar arrastrando los pies por el lecho seco del lago, que en el lugar en que el pequeño barquito celeste había quedado anclado en el barro quedaba una pequeña mancha de color. Como un recuerdo, como un soplo y tal vez como una advertencia, entre aquellos terrones tristes, crecía un único y bello cardo añil.  
 


Tampoco hemos salido tan mal, no? ( meditabundeo acerca de la violencia en la sociedad y lo que queda para nuestros niños)



Hay ocasiones en que uno mira a los niños, en general, haciendo de las suyas, jugando, hablando, lo que se dé en el momento. Y ahí es cuando nos puede  puede suceder que pasemos por alguna de estas tres actitudes que enumeraré básicamente:
Una: tienes un momento romántico y te emocionas ante la energía, la alegría y la curiosidad casi inagotables que suelen tener los chiquillos, aun cuando se meten en problemas.
Dos: tienes un momento de adulto ocupado en sí mismo y sus cosas de adulto, seas padre o no, y el asunto lo ves como de lejos, como si no fuera contigo y si acaso lo contemplas como parte inevitable de la vida con la que hay que convivir.
O tres: te da por verle el lado más  "profundo" (hay quienes dirían que retorcido, tal vez) de todo lo que conlleva para los adultos tener descendencia  y para los niños, ser niños.
Cuando te encuentras en esta última sintonía que menciono, sucede que contemplas queriendo o sin querer, con mas detalle, todo lo que hay  en ese su pequeño mundo. Un pequeño mundo que en más de una ocasión no es menos  complejo  y exigente para ellos, como lo es el que los adultos nos hemos montado, según se mire, para nosotros mismos. Cuando suceden a la vez las tres variables arriba mencionadas, las emociones de uno son tan contradictorias y a la vez tan intensas, que si encima eres padre, al menos por un momento al día, al mes o cuando te toque, tienes una especie de visión de la vida más allá de lo inmediato. Parecería que por un momento quisieras ser más lúcido, mas honesto, más digno del papel delicado que te toca hacer como padre y miras con intención. Puede que solo quedes en el intento, y que realmente no logres más que estresarte y lograr un poquito de conciencia con suerte, pero al menos es un comienzo. No se puede decir que sea una mala opción a la larga, el pasar por ese trance al menos de vez en cuando.
Cuando miras, mas atentamente que de costumbre, lo que ves, aun dentro de tus limitaciones, puede inquietar. Puede que te inquietes a secas, o te fascines, o ambas cosas, incluso que quieras salir corriendo. Depende de cada persona. Y del momento en que te encuentres, tanto a nivel vital, como de tu agenda diaria.

Yo oscilo y no tengo por  qué negarlo,  entre las tres opciones mencionadas, aunque mentalmente en este momento de mi vida, casi no puedo permitirme eso de la indiferencia. Intento relativizar y lograr esa cómoda  y útil indiferencia de vez en cuando, pero me dura poco y me sale mal. No digo que me vaya mejor ni eficientemente en la vida, solo que no puedo evitar querer ver más allá, incidir en mis defectos para cuidar mejor a mi hija y observar lo que nos rodea como una leona en guardia.  Exageración, tal vez. Pero ahí está la pulsión, y supongo que no es de las peores.  Hace tiempo que tiré la toalla de intentar incidir en el entorno, pero eso no quita lo primero. La verdad es que personalmente vivo entre una mezcla de amor ferviente, agotador, primario y metafísico a la vez, y la inquietud y la fascinación permanentes de lo que es ser madre,  ver crecer un ser nuevo que surgió de tí con la llave de la vida a cuestas. Asumo que parece algo loco dicho así, pero soy sincera. No hay pretensión alguna en esa sintonía que me ataca de vez en cuando, salvo esto que digo, la pretensión  de hacer de  madre, de la mejor manera a mi alcance. Serlo, y hacerlo bien, no es algo que se enseñe en las escuelas, ni sobre lo que realmente haya criterios ni patrones uniformes, más allá de todo. Lo cual lo hace aun mas complicado. Seguro que no equivocamos  una y otra vez, pero al menos la mayoría de los padres, lo intentamos. Meditar, observar, no está mal. Pero si  nos obsesionamos, podemos perder eficiencia, practicidad, y otra vez arriesgarnos a no dar las herrramientas adecuadas, útiles y actuales a nuestros hijos, para lidiar con el día  a día.

A lo mejor alguien se identifica con mis palabras, no lo sé.  Mirando, observando con intensidad, aún cuando no me apetece y no puedo evitarlo, cansa. Y como decía produce inquietud. Pero también te permite disfrutar de momentos de intensa felicidad,  y soportar el  cansancio que tantas veces sobreviene a la mayoría de las personas con progenie (por qué negarlo). Hay ocasiones en que se puede sentir  incluso miedo.  Personalmente, por un instante admito que puedo sentir un poco de  miedo  de no ser suficiente para formar y hacer fuerte, y segura de sí misma, a mi  propia cría. Y ayudarla a que, como agregado,  siga siendo buena persona en el futuro, sin dejar de ser fuerte y segura.  Esa intención puede marearte a veces, porque el entorno y nuestras propias mochilas de experiencias vitales no ayudan, no todo el tiempo al menos, para realizar esa tarea de forma fácil. 
Cuando miras bien, si eres de los críticos con el mundo humano contemporáneo como suelo serlo yo (advertidos están los que lean mi blog y/o me conocen), puedes ver que en el mundo de las relaciones sociales, y de  los juegos y  pasos vitales de nuestros niños, están las semillas de todo lo bueno, pero también de algo de lo malo que sí hay, como ya hemos comentado, en nuestras sociedades. Y eso puede inquietar, porque damos por sentado que así tiene que ser. Que, de forma encadenada nosotros los definimos a ellos, inevitablemente y ellos definirán su vida según nuestro mismo patrón. Se da por sentado que somos los adultos como somos, en base a que la infancia es como es y que esa infancia, repetida siglo tras siglo, milenio tras
milenio con sus variantes de época y lugar, es también inevitable y que ambas se redefinen entre sí, una y otra vez.

¿Por qué vivimos, incluso los que no somos religiosos, inmersos en ese patrón de supuesta inevitabilidad? ¿Y por qué si algo queremos que cambie o mejore, lo reducimos siempre a política y economía y nos planteamos dirigir los cambios desde allí, al menos casi siempre?
Han habido grandes pensadores, docentes, visionarios, etc., que han intentado sin embargo plantar la semilla de algún cambio desde que las personas comienzan a crecer y lo han hecho con método y fundamento. Cada uno en su estilo, cada uno con su cuota de éxito y fracaso y casi todos han sido absorbidos o ignorados por la sociedad que continuó luego. También lo han intentado locos manipuladores cuyas visiones vale mejor olvidar, pienso yo. Pero y ahora, ahora mismo, qué pasa? Si nos ponemos paranoicos, algo maquiavélicos y a lo mejor menos ingenuos de lo que solemos ser todos a diario, también habrán (o no?), algunos teóricos de como debe ser formada y orientada la sociedad actual. Teóricos que asesoran aquí y allá, que conferencian, enseñan o  y que inciden de alguna manera desde la sombra, en algunos momentos claves de la formación e integración del individuo. Haciendo uso de sus teorías, su influencia, sus técnicas mas o menos inéditas, a veces  orquestadas con buena intención y otras ,con toda la intención de manipular la base de las sociedades a favor de algunos.

Pero, en este momento, en las sociedades que se llaman a sí misma  "occidentales", ¿cuál es "la luz que ilumina nuestro camino", siendo sarcásticos?  A nivel accesible, evidente, y diario: ¿cuál es realmente el hilo conductor que subyace en el sistema todo de educación formal, informal, laboral y de todo  aquello que influye en el individuo para que haga o deje de hacer? Si es que lo hay, claro está. ¿Es la búsqueda de la convivencia pacífica entre los seres con distintos legados culturales o éticos? ¿Es la búsqueda del confort esencial para TODOS? ¿Es el cuidado de nuestro entorno para mantener así su salud y la nuestra? ¿Es el anhelo por un mundo justo y equilibrado, tal vez?
¿O nos formarnos para que la mayoría trabaje si es afortunado y esforzado,  y calle y pretenda poco, divirtiéndose algo de vez en cuando, y que haga  todo eso mas o menos  en paz, pero sin cuestionarse mucho sobre casi nada? ¿O nos formamos para vivir sin tiempo, para competir uno contra el otro mientras "corremos",  para no ver ni atrás ni adelante ni a los costados con profundidad, y para no ver ni tan siquiera a nuestra progenie en profundidad?
Antaño lo haríamos, lo de competir e incluso matar,  por cazar la mejor pieza, o encontrar la zona más fértil, la fuente de agua potable más próxima y la pareja mas fértil y eso, quizás tenía algún tipo de sentido al menos en este planeta y para nuestra raza.  No sé si  eso sigue teniendo sentido.

Y vuelvo ahora a la inquietud que me hizo comenzar este texto... Todos  queremos creer que tiene sentido que nuestros hijos, nuestros niños, sean combativos, competitivos, agresivos incluso. Porque si cuestionáramos eso, nos estaríamos cuestionando otro tanto a nosotros mismos, como somos y como fuimos, como nos formamos a nuestra vez cuando éramos niños. Y eso ya es demasiado para nuestros corazones y cerebros, ya de por sí, extenuados por el día a día. Incluso  en el mejor de los casos (de individuos con un grado de confort básico o incluso óptimo), la energía que gastamos en "correr", no es tanta como para que nos quede un resto que nos permita contemplar críticamente la vida que vivimos. La gastamos en sobrevivir,  para divertirnos, para consumir, y volver a trabajar y formarnos para correr más y consumir mas y hacer como que nos divertimos un poco mas. Y es viviendo así, que se nos quedan por el camino  demasiadas variables y  todos acabamos haciendo  como que no pasan las cosas que todos sabemos que pasan y que, a mas de uno - como digo en otros artículos -, nos inquietan. Inconcientemente, o muy concientemente, pero nos inquietan y mucho. Como a mí, personalmente, me inquieta ver, a través de mi propia autocrítica y a través del mayor amor y tolerancias posibles,  ver a mi propia hija, o a sus amiguitos, o a otros niños que no conozco y contemplo casualmente, o a los niños que reflejan los cuentos, las películas, los video-juegos,incluso la publicidad. Por que no acabo de ver cual es la meta que anhelamos para ellos, repito, más allá del confort diario a base de competir y de supervivencia del más fuerte, el más indiferente, o el mas deprecativo, o el más... Seguimos trasladando a los niños ese modelo reptiliano ( por aquello del cerebro reptiliano, núcleo de nuestro desarrollo cerebral), como sino hubieramos aprendido nada en millones de años. El mas duro, el mas bestia, el mas agresivo, el mas desaprensivo, directa o indirectamente acaba siendo casi siempre el mas admirado, el mas envidiado, el paradigma del éxito, del camino a seguir, el esterotipo mas lúcido, mencionado, y encumbrado. Y casi siempre, es el sinónimo del éxito, social o económico o ambas, gracias a esos temibles méritos. Y eso se nos escapa, señoras y señores, de las manos. Antes o después. No queremos vernos, reconocernos ! Pero luego nos preguntamos " que le pasa a la juventud", o por qué pasa lo que pasa, en la política, en la guerra, en   cada pueblo, en cada casa. Y así también en los colegios, y en los parques de nuestras sociedades (supuestamente de las mas organizadas, lúcidas y civilizadas de este planeta). Es casi un misterio que los seres humanos mantengamos ese grado de auto tolerancia.

"Total… "- me dijo una vez una señora, mientras contemplábamos  en un parque las irritantes pero tontísimas peleas, no exentas de variadas  agresiones innecesarias, entre nuestra progenie - "no hay que meterse, porque  nosotros hacíamos lo mismo cuando éramos pequeños y tampoco hemos salido tan mal, no?".
“Total”, es que somos humanos y los humanos siempre hemos sido así, verdad? A santo de qué deberíamos cambiar? Los grandes visionarios de la justicia y la bondad, los avatares, y las religiones, ya no  están, o ya no cubren las expectativas, no alcanzan (o nunca alcanzaron) y volvemos a estar solos, arropados y criados por la Bolsa de Valores, las hipotecas, el consumismo desesperado y todas esas cosas tan comentadas por todos. Vamos, cubriendo carencias  con  la idea de que para tener trabajo y comida debemos vivir respirando aires contaminados y comiendo comida que nuestro cuerpo no ha aprendido todavía a procesar. Criados, formados y fortalecidos, por los horarios escolares dementes, y las agendas laborales ineficientes  e innecesarias. Y pensamos, que en realidad debemos estar incluso agradecidos. Incluso, muchos dirigentes, gobernantes y peces gordos, creen que así preservan lo mejor de este mundo para sí mismos. Y tal vez, durante un tiempo les siga funcionando. Pero es posible que este método humano no sea infinitamente aplicable y la alerta debería tenerse en cuenta.
Porque como  decía esa mamá en el parque infantil del pueblo,  no hemos salido tan mal, o no? Y nuestros hijos serán tan felices o más, de lo que hemos sido nosotros, cierto?
Los críticos "pesimistas", como puede verse a alguien como quien escribe, en estos temas, no seremos el alma de la fiesta, supongo, pero alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Cada uno que piense lo que quiera, se suele decir.



jueves, 15 de noviembre de 2012

El enorme ombú



No puedo dejar de ver la imagen del ombú tan bello, tan extraño, imponente y tranquilo a la vez. Allí, en medio del rincón olvidado de un retazo de bosque virgen del campo de aquel país pequeño y difuso. Sobre la tierra negra y verde que alambraron los bisabuelos. Y al pie del enorme ombú, sentada sobre las expresivas raíces del gigante, mi mamá, con sus sesenta y pico años a cuestas.  Con algo de niña mientras posa para la foto, con  la sonrisa de la esquiva esperanza y la inocencia que pudo rescatar del pasado duro. La veo allí, a cuestas del romanticismo, la memoria y la pura comunión con la naturaleza. La veo a ella y veo el ombú, como un gancho hundido en mi corazón. Y a la vez, los veo a ambos como águilas nobles que levantan la vista por sobre todo lo que no entendemos del mundo. Porque sé que simboliza cosas que se van escapando, que no podemos detener. Quiero alargar la mano y ayudar a que mi mamá vuele, para poder volar con ella, y con mi hija y con mi hermana aunque   casi nunca  esté en la foto. Quiero abrazar a mi madre y al ombú y al monte antiguo y virgen,  que nadie podrá preservar. Ni ella, ni yo, ni nuestros cuentos, ni nuestras fotos, porque el mundo es así.
Intento ver más allá  de las cosas, de la tierra, y la pertenencia, asunto este tan relativo,  o tal vez no. Intento grabar en algún lado la memoria del verdor, las sombras, el prado asilvestrado, el olor a tiempo infinito mas allá de las avaricias del hombre y las torpezas mismas, tan típicas de inclusive los mas voluntariosos y puros de corazón.
Necesito parar el tiempo, abrir y contemplar los baúles  de las abuelas. Esos que se van salvando de las guerras, de los derrumbes y los incendios, de las mudanzas, los divorcios y las muertes y hasta de la civilización misma. Cavar un modesto  pozo al pie del viejo ombú, y enterrarlos allí . Como si de los úteros de la selva se tratasen, con las semillas de la vida misma allí enlazadas con muñecas antiguas, trocitos de piedras con formas especiales, y sellos viejos. Con hojas de laurel, caracolas, cuencos de madera y marcos de cedro. Con tules, puntillas y satenes rescatados de momentos trascendentes. Zapatitos de bebé, cristales brillantes, y dos o tres libros de aquellos. De esos en los que siempre quedan fotos y cartas y flores secas, salvados entre sus páginas, bañados todos con un perfume viejo y suave que parece incorruptible. Luego, me pondría a danzar en silencio sobre el tesoro y bajo el guardián. Para poder  marchar en paz y con la cabeza alta. Con el mapa del tesoro en el corazón y en una canción confusa en la boca, para que no se pierda del todo su recuerdo y su secreto.
Grandes brazos, grandes raíces. Olor a campo y sol de Sudamérica. Murmullos de bichos y la brisa que sacude y hace ronronear las ramas y la hierba.  Unos pájaros cuyo nombre voy olvidando quieren dejar su canto  en la imagen. Mi mamá sonríe. Mientras saco la foto mi bebé gorjea y se enreda entre mis pies, y por un momento todas quedamos salvadas para siempre junto al enorme ombú.

Respetuosos de manera instintiva, los hombres esperan en el coche, a la sombra,  esperando el gesto  para volver a la carretera.  Al avión. A la otra vida.

el  enorme ombú

                                                                                        Paula,Sabadell, 4 de marzo del 2010

lunes, 22 de octubre de 2012

Se llamaba Lucille



Llevábamos años conociéndonos. Durante años fuimos, de toda la familia,  las que mas tiempo pasábamos en casa, juntas. La ví hacer el tonto, meterse en líos, lastimarse de puro torpe, desafiarme sin éxito y siempre, siempre la ví volver a mis brazos. Una y otra vez, y sin perder aquella nota de empatía y buen querer que ella tenía, ella me acompañaba y deshacía cualquier amargor que pudiera quedar después de alguna travesura suya. Como se suele decir, estaba allí. Para mí, para todos. Si yo me pinchaba un dedo con un cristal o una aguja, de alguna manera ella lo sentía y desde  la otra punta de la casa, venía a sondear mi bienestar con sus ojazos marrones. Si había una pequeña crisis que me hacía soltar alguna lágrima tonta, nunca me faltaba el consuelo, de su tibieza y sus besitos. Ella sabía, sin saber.  Y yo sabía que eso pasaba, sin entender tampoco el cómo.
La veo con su morrito corto, cuando llegó a casa el primer día. Enredándose entre nuestras piernas, adoptándonos como curiosos padres bípedos, que no parecían estar tan mal.  Con la panza arriba, y la lengua afuera. Ladrándole -con ladrido de cachorro- al erizo rojo de goma (“el Cacaray”, como lo bautizó un amigo nuestro), que durante la  primer semana le producía miedo y curiosidad por iguales. Durante infinitas noches de verano, bajo la bruma húmeda del arroyo cercano, ella cazaba enormes sapos y aparecía con aspecto terrorífico, con espuma en la boca y ojos de volver de la guerra. Nunca supimos si se los llegaba a comer del todo, pero aquello siguió durante un par de años. Seguía habiendo sapos y ella seguía probando aquello, sin envenenarse  ni desfallecer en su particular aventura.
Me es imposible olvidar las tardes frías de invierno, en que mis pies no  necesitaban estufa porque ella, cual un pequeño tapete voluntarioso y vivo, se enredaba bajo mis piernas y me acompañaba a la vez que me daba calor. Yo tecleaba en el ordenador, arrullada por aquella presencia desinteresada y dulce.
Al principio ladraba a las bicicletas y a los transeúntes que pasaban por delante de la verja del pequeño jardín nuestro, pero poco a poco  y regañinas mediante, aprendió a moderar aquello. Con los años, se transformó en una perrita bastante bien educada. Y cuando acabamos viviendo en una zona céntrica de ciudad, en la otra punta del mundo, mostró su mayor capacidad de adaptación y no era animalito que diera la lata con ladridos o gruñidos  inconvenientes ni dentro de casa ni en la calle.

 El morrito creció y ella, que era perrita de raza mezclada nomás, se transformó en una versión mediana de algo que pretendía tener aires de pastor alemán, sin serlo, claro está. Pero era linda, color caramelo, estilizada, y en sus mejores épocas, caminaba erguida, con pasitos saltarines y animosos. Si en la calle,  con cursilería, uno de nosotros le preguntaba por el otro “donde está papá ?”, ella sabía que por algún lado venía su otro padre humano, y como una flecha, olía el rastro que se acercaba y buscaba el rostro conocido, corriendo a los brazos de aquel que doblaba la esquina. ¡Este juego se podía repetir durante horas si teníamos tiempo¡ Como atrapar el frisbee en el aire, o morder copos de nieve en invierno. Eso sí, nunca se quiso sentar en la nieve fría, odiaba mojarse las patas en un paseo, y perdió pelo año tras año, mes tras mes, como si fuera su pelaje el que nunca se recuperó del cambio de latitudes.  Lo que nunca le dio miedo fue el mar, o los ríos, o las piscinas o los estanques -incluso en las plazas-, y si te distraías, enseguida se estaba tirando al agua, alegremente, cual perro de caza experimentado, sin serlo. Mordía las olas, o eso pretendía,  y  peleaba con los saltos de agua y los chorros automáticos. Era divertido verla.

Mi perra  comía zanahoria, manzana, hierba del parque, lechuga  y otras cosas poco caninas una vez que debió acostumbrarse a olvidar la carne vacuna del sur, a favor del pienso perruno usual en Europa. Si comías un yogur, ella te miraba fijo (eso también pasaba con las manzanas), esperando su turno para lamer el tarrito. Acabábamos nerviosos nuestros yogures, ante aquella mirada impaciente.
Cuando para compensar la semana  laboral  en la ciudad, salíamos al campo o a la playa o la montaña incluso, ella de alguna manera recuperaba parte de su esencia más auténtica, y caminaba con aire de experimentada exploradora y cazadora, abriendo camino como un perro pastor de verdad. En esos momentos caminaba con la cola erguida y emplumada, y adoptaba actitud de gran mastín. Daba gusto verle. Se alejaba y volvía a ver como estábamos. Años, años después, cuando se fue haciendo viejita, dejó de ir adelante,  colocándose detrás. Cediéndonos  la guía del camino, pero sin dejar del todo la actitud alegre que le producía la naturaleza y la libertad que sugería. Lo de esperarnos también sucedía  cuando subíamos  en las escaleras de nuestro apartamento en los que vivimos actualmente. Ella abría camino y su uno se fatigaba o iba cargado y se detenía brevemente en el tercer piso, por decir algo, ella volvía sobre sus pasos, bajaba hasta ti y te lamía la nariz, animándote. No solo te esperaba y volvía a por ti, sino que te daba ánimos. Nunca habría pensado que un perro pudiera comportarse así, aunque en realidad el mundo esta lleno de estas historias… Una vez, en uno de nuestros pequeños  recorridos por caminos rurales, una jauría de perros con malas pulgas se nos acercó, y ella se dispuso a luchar, como nunca antes la habíamos visto, con   el pelaje más oscuro de cuello erizado como la melena de un león. Se preparó para algo peligroso, y estaba dispuesta a dar la vida por la familia y por ella misma. Fue algo inquietante. En ese momento tendría unos cinco años por aquel entonces.Era una perra que te sorprendía cuando menos lo esperabas. Incluso cuando ella vino a vivir a España con nosotros, pero medio año después de radicarnos  nosotros primero de forma estable, parecía comprender los grandes cambios acaecidos, y su disposición fue increíble para aceptar todo aquello. Tan solo al abrir la puerta de la jaula en la que viajó solita (y sedada) desde lejos, ella pegó saltitos, movió la cola y vino hacia mí, sin dudarlo.  Nunca olvidaré la imágen de cuando fui a recogerla al aeropuerto, en la zona de cargas. Ni siquiera necesitó tiempo, para transformarse de perrita de jardín en  una perrita que supiese aguardar  a usar el ascensor para poder llegar a la calle, y a un parquecito,  para ir al baño.

A mitad de su vida, unos mal vivientes la secuestraron pensando que serviría para las atroces peleas de perros clandestinas, que aun hoy en día suceden en las zonas mas oscuras  de muchas ciudades del mundo. De alguna manera, y tal vez por su propia ternura y delicadeza y detalles que no vienen al caso,  nuestra  perra  salvó la vida, y microchip de identidad mediante, la recuperamos. Seis meses después de esa desaparición, y contra todo pronóstico volvió a nuestras vidas, y nuestro corazón se alivió por verla salir adelante. Aunque nunca te recuperas de la culpa de ser  un ser humano, como esas malas personas que se la llevaron una tarde de viernes junto con otros varios perritos que nunca aparecieron. Ella volvió, herida,  y mas triste y con el morrito canoso, y las patitas con callos, pero volvió. Había perdido un poco de afabilidad, pero seguía siendo ella, y nunca tuvo un gesto realmente peligroso para con nosotros ni para con nuestra hija, por aquel entonces una niña pequeñita. Pasó el tiempo, y volvimos a recuperar  las rutinas. Ella se fue haciendo vieja, como nosotros, pero a ritmo de perro que es mas acelerado, como todos sabemos.

Estos últimos años, fueron como de reencuentro, pacientes, de aprender a ir más despacio por la vida. Los cambios se le hacían más difíciles y poco a poco desde su vejez, parecía que la perrita se concedía a sí misma el derecho a ser menos obediente. Empecinada  sobrevivió a tres operaciones además. Nos acompaño a mas  caminatas y acampadas, aunque cada vez el trayecto se le hacía mas pesado, y los cambios de temperatura también. Los reflejos fueron mermando, sus habilidades y aprendizajes de otrora, también. Los paseos diarios  y las escaleras comenzaron a costarle,  y poco a poco, ya ni veía ni oía ni olía bien. Pero no sé como, como dije antes, ella se las apañaba para seguir estando allí, y todavía  de vez en cuando se levantaba  para  venir a por  un mimo como cuando era joven. Y se dejaba  arrullar con los abrazos de nuestra hija, una niña ya  más grandecita, que  veía que la perrita abuela que la vio crecer pronto marcharía.  La última semana, y aun sin ver ni oler bien, el animalito  respondía pacientemente al “juego de la chancleta” con  el que mi marido le buscaba las cosquillas, con la esperanza de animarla.   Y ella nos miraba sin ver,  con los mismos ojazos marrones, aunque ya veladitos por las cataratas. En nuestra soberbia humana, cuidando tanto de ella, poco a poco quedó atrapada en el ser sin ser de la demencia senil y el Alzheimer perrunos. Pero, incluso dos días antes de morir, y arrastrando su confusión y la fatigas típicas de su avanzada edad, ella volvió sobre sus pasos en las escaleras, para mirarme aun sin verme, y esperar que yo subiera hasta nuestra puerta. El último día, las dos juntas dimos un paseo corto, entre pequeños ciruelos de ciudad, al sol tibio de otoño. Esa mañana había sido la peor. Pero durante el paseo, que fue como una pequeña despedida, parecía ser la perrita de siempre. Le hice un par de fotos. Con el alma anudada, ya sabía que era el último paseo. La abracé mientras se dormía, el último sueño.  Había llegado a los  dieciséis añitos. Se llamaba Lucille.


miércoles, 11 de julio de 2012

"Aquello de atarlo con alambre, señor..." (otro meditabundeo)

 A raíz de una instintiva y pequeña reparación doméstica, me encontré contándole a mi hija de nueve años acerca de  la manera uruguaya tradicional cuando no se tienen ni ganas ni recursos (o ninguna de las dos cosas)  para arreglar algo.  En realidad le  contaba sobre aquello de " atar con alambre o similar, y ya está" ! Comencé tarareando entre risas,  la imperdible canción aquella popular del argentino Copani: " La atamo con alambre, señor". Es probable que tengáis que revolver en la memoria, pero el que mas o el que menos seguro que alguna vez no pudo evitar escucharla  cuando los años setenta ya se iban. Mi madre a su vez, en mas de una ocasión  y ya muchos años después (también riendo ante alguna chapucera  pero bien intencionada reparación doméstica) solía cantarnos también el estribillo de Copani. Ahora, del otro lado del mar, Tati y yo reímos un buen rato, cosa buena, y dejamos funcionando lo que nos urgía dejar funcionando, por supuesto.
Nunca  me supe la canción entera, pero al volver a escucharla en Internet, vi que hablaba de muchas cosas juntas, dicho con gracia y dulzura. Aunque siempre haya alguno que frunza la nariz con ese estilo de música. A mí me quedó grabada la frase, como  ya me pasó con los jingles  televisivos que se oían en Uruguay  en esos años, años de infancia para mí.  En alguna otra ocasión  ya he compartido con vosotros enlaces con contenido de ese tipo. 
Como me he dado cuenta de que siempre hay otros locos como una, que se dedican a recopilar de esto y aquello y cuelgan cosas que uno ni soñaría encontrar en Internet, de que a lo mejor estaba el vídeo de la canción.  ¡Y así fue ! Encontré la canción de Copani en el You Tube, como ya os adelanto mas arriba. Es verdad que Copani, tuvo su impacto fuerte en el entorno argentino durante un tiempo, y  que también hizo su camino por el lado de la concienciación  y de la mano de la religión, sino recuerdo mal. Pero apenas sé eso y poco más.  Me disculpo por no tener mas datos hoy por hoy y por no estar más informada acerca de  otras canciones de este autor, mas allá del valor que se le quiera dar a su trayectoria y material.
Volviendo al tema de los arreglos domésticos ( y otros también), se puede decir que hace un par de años, en España casi nada se ataba con alambre y luego de decenios de mucha lucha y pobreza, solo los abuelos de hoy recuerdan  esos "métodos". Con la ominosa presencia de la crisis económica que sacude el otrora difundido y bastante democrático confort del supuesto primer mundo, estoy segura que muchas cosas se volverán a atar con alambre por estas latitudes.  Aunque será mas difícil que antes, porque los aparatos electrónicos todos vienen programados ( si, ya se sabe y se ha comprobado en mas de un caso) para durar menos. Los componentes  de practicamente la totalidad de las cosas que usamos, son diseñados y hechos con materiales con una vida útil delimitada  a priori por la industria. Los muebles no son macizos, los coches son casi computadoras que en algunos casos no se pueden ni abrir en un mecánico común, etc. Ya no será tan fácil, "rebuscarse" con la inventiva  de antaño. Inventiva que pocos pueblos saben exprimir tanto, como por ejemplo los cubanos. De eso ellos saben un montón. Muchos otros a lo largo y ancho de América también. Los alambres , la "maña"  y el reciclaje, no darán tanto de sí hoy en día, porque esa realidad tan cínica de la sociedad moderna de hacer perecer la cosas en pocos años, lo hará todo mas difícil. Aún así, aquí y allá, y en España también, muchas cosas se repararán y reciclarán mas que antes, como ya está sucediendo, y la filosofía fundamental del " atamo con alambre", su aporte hará, seguro que sí.
He pensado que a quien sea  memorioso, o romántico , o que  esté intentando o haya intentado maneras de ir  educando a un niño  o compartiendo con otros, que tal vez le haga gracia revisitar conmigo esto.  Por  " esto" me refiero a lo  de servirnos de  la ayuda la sabiduría popular para mirar la vida con ojos grandes y sin perder nunca la memoria y el humor, entre otras cosas. Muchas de las cosas sencillas, cuentos, dichos, canciones, dicen mucho mas de lo que parece. Cumplen su función, probablemente con conciencia de quien la hizo, es claro.  El recordar y el compartir, también cumplen su función, para quien lo quiera y para quien recuerde.  Como suelo decir: vale la pena y deja pensando, o al menos esa es mi opinión !
Aquí os dejo en el enlace.
Seguro que no podéis evitar tararear el estribillo en el momento menos pensado, a que no?

viernes, 2 de diciembre de 2011

"La última visión del máximo amor " ( cuento breve de la serie "Pequeños rincones oscuros")


Tu no me querrías si pudieses ver como soy en realidad. Si pudieras ver de que estoy hecha"- dijo ella. "Si tú conocieras mi verdadera consistencia, ya no querrías amarme "- murmuró, pero sin bajar los ojos. Tan segura estaba.

El la miró, a aquella joven suave y bella, con su cabeza enmarcada entre velos casi medievales, como si se tratara de una monja de las antiguas ordenes de clausura de las eras frías. Las telas no hacían mas que realzar la dulzura de aquella mirada casi oculta,  sincera y triste,  y que parecía prever una desgracia inevitable. Como podría él  dejar de quererla...

"No hay nada que hiciera que yo dejase de quererte, amor. Fueras como fueras, te querría y te reconocería aun en medio de un batallón de seres oscuros, o de entes inmateriales " - dijo él - " Así hoy mismo te transformases en una criatura terrorífica, yo sabría y querría amarte, porque de quien estoy enamorado es de tu esencia y no menos".
El amor verdadero aupaba su candor y hacía vibrar el aire entre los dos jóvenes.

Mientras la contemplaba, él, que tenía el don de la clarividencia, sintió como fragmentos del futuro inmediato se colaban en su conciencia. Era la realidad a tan solo un par de minutos de la realidad presente. Y de golpe sintió la advertencia, pero la rueda de los instantes ya había echado  a rodar, y él se sabía sumido en el ovillo. El amor le había dado certeza  y  el respeto y  el honor, y lo que pudiera juntar de valentía, lo mantenían en su sitio. Ahora que   ya era parte, por propia elección.

"Huye"-  le susurró su yo futuro, avergonzado. Pero  avergonzado  también su yo presente aniquiló al instante la infamia. ¿Qué mas podía hacer?

Suavemente la cara de su amada, enmarcada en telas cenicientas pero casi lujosas, comenzó a cambiar, bajo el último velo frontal, que era apenas traslúcido. La carita simétrica y femenina que el conocía, la piel suave y resplandeciente, fueron transformándose en aquella textura gris, casi como de piel de sapo viejo . La cara parecía hinchada, extranjera, de simetrías extrañas. Los ojitos atontados se perdían en aquella pavorosa falta de expresión general. Y sin embargo seguía siendo ella.

El sintió y contempló. Se permitió esperar una fracción de alientos y prácticamente sin dudarlo, dijo y se dijo:
"Esta bien. Si eres tú, como te he dicho, te amaré por mas que cambie tu apariencia, y tu mirada y tu piel y tus aromas".  "Te amaré, como seas,  porque te amo a ti." Y, fortalecido, agregó para si mismo: " Por más que me ponga a prueba la magia o la tragedia mas oscura, creo que podré hacerlo, porque la quiero". Se concentró en mantener la cordura y el más sabio equilibrio, a la vez que era muy consciente de que  estaba  tan solo a dos minutos de ese futuro.

Delante de él, estaba  solo su preciosa y joven adorada de siempre. Lo que el veía sin poder evitarlo, era lo que le esperaba si seguía hablando, allí sentado. Enredándose por propia voluntad. Porque se sabía desde siempre, que las palabras, las de él y las de todos, tejen y retejen y van tejiendo el ovillo de la rueda de los instantes. Entre una vuelta y la otra, hay opciones, casi siempre. Pero él no quería  tener opciones. El la quería a ella.

Sin embargo comenzó  a notar el miedo. El miedo que pegaba sus manos a la mesa. Hasta ese instante no había notado que había una mesa metálica entre los dos. La mirada triste de ella estaba llena de amor piadoso y a la vez implacable. La mirada de los ojos hermosos del ahora, y la mirada de los ojos idiotas, alíenos, de la visión que ya era casi presente. Dentro de él el miedo, que el honor y el amor querían ignorar, comenzó a posarse en su lengua, y en su alma y en sus vísceras. " Ayudarme! "  - gritó por dentro a esas fuerzas en que al final todos queremos creer.

Ella siguió mirándole, llena de paciencia y certeza, sabedora del desgarro y el esfuerzo de aquel voluntarioso amante. Poco a poco  su cara, volvió cambiar. El ya no estaba seguro de que fuera una visión de los instantes del futuro inmediato. Temía haber estado atónito y petrificado demasiados segundos. Los telas que rodeaban la cabeza de ella fueron adquiriendo una consistencia oleosa y mojada a la vez. Se volvieron oscuros y pesados, al igual que el velo frontal que cubría el rostro resignado. Un líquido extraño que ondeaba alrededor y sobre la cabeza ya indefinible, daba a aquello una pavorosa sensación de irrealidad. Parecía que las telas chapoteaban en la cara de ella, si aquello podía llamarse cara. El tul se pegaba a la ausencia de humanidad. Ya no se presentían ojos, ni boca ni nariz. Vapores grises rodeaban la presencia que ahora estaba sentada del otro lado de la estrecha mesa de metal. Tan solo en el medio de aquel horror, que ya no era una cara, parecían querer salir palabras y suspiros de una hendidura encharcada detrás de la tela. Como si se ahogara, pero sin acabar de hacerlo jamás, ella le decía que le amaba y que le perdonaba. La sustancia repulsiva burbujeaba y temblaba, fundiéndose con las telas oscuras y aceitosas. "Te quiero, te quiero" - dijo él gritando, gritando y llorando. "Te seguiré queriendo"- volvió a gritar, sin saber en que parte del ovillo estaba.

Y luego, sucedió aquello. En  algún rincón de su alma, presintió una nueva visión de algo que no se había acabado de escribir todavía. Vio entonces ante sí  la imagen de aquella criatura, recién nacida, la futura hija de ambos. El lo vio todo. Incluso sintió su propio amor por aquel pequeño horror. Rezumando fluidos, intentando decir "papá" a través de aquel orificio infernal, detrás de su propio velo acuoso, denso y oscuro. Su hijita. La hijita del verdadero amor de ambos.
El amor que  era inmenso y resignado. Supo que sería valiente. O que podría haber llegado a serlo. Y que eso habría sido lo correcto.

Pero al contemplar el fruto de su propia valentía y de su mayor capacidad de amar, el terror amordazó su corazón y paralizó su mente. Lentamente su cerebro renunció,  y el hilo del ovillo se cortó. Las visiones desaparecieron y frente a él, en el despiadado presente, estaba ella, aun bella, aun humana, tan solo unos instantes antes de transformarse. Mirándolo con la misma paciencia y el mismo amor.
Mientras él moría de pena allí mismo, ella resignadamente, dejó fluir su esencia, ya incontrolable. Mientras él se apagaba, consumido de amor y miedo por iguales, ella lo miró irse,  consolándose con lo que casi había sido. Y la rueda de los instantes siguió su curso, enredándose, deteniéndose y otra vez prosiguiendo con el tejido que siempre está, que siempre ha estado y que siempre estará.


Paula
1º de diciembre, 2011

sábado, 4 de junio de 2011

Las Montañas en la niebla : canción gaélica

Yo no sigo muchos blogs, a decir verdad, y apenas he aprendido como vincularme a ellos,  o compartirlos,pero aún así insisto en ir aprendiendo. Aqui traigo una canción en gaélico ( lengua curiosísima y antigua, de las Tierras Altas Escocesas). Tiene un marcado toque nostálgico pero de aquella manera bella que te hace pensar en imágenes tal vez. Cada uno sabrá en cuales.La canción estaba  en el blog http://wheremountainsmeetthesea.blogspot.com,  perteneciente a alguien que se llama o hace llamar Er,  de Escocia, justamente. Por casualidad, curioseando entre unos blogs de gente de la campiña inglesa, fui a parar al blog escocés. Un abrazo y que la disfruten.  

Chì mi na mórbheanna (The Mist Covered Mountains) ( Las montañas cubiertas de rocío)

 

Chorus:
Oh, I see, I see the great mountains 
Oh, I see, I see the lofty mountains
Oh, I see, I see the corries
I see the peaks beneath the mist


I see, straight away, the place of my birth
I will be welcomed in a language which I understand
I will receive hospitality and love when I reach there
That I would not trade for a ton of gold


Chorus

I see woods there, I see thickets there
I see fair, fertile fields there
I see the deer on the ground of the corries
Shrouded in a garment of mist


Chorus

High mountains with lovely slopes
Folk there who are always kind
Light is my step when I go bounding to see them
And I will willingly remain there for a long while


Chorus

Séist:

O chì, chì mi na mòr-bheanna
O chì, chì mi na còrr-bheanna
O chì, chì mi na coireachan
Chì mi na sgoran fo cheò


Chì mi gun dàil an t-àite san d'rugadh mi
Cuirear orm fàilte sa chànain a thuigeas mi
Gheibh mi ann aoidh agus gràdh nuair a ruigeam
Nach reicinn air tunnachan òir


Sèist

Chì mi na coilltean, chì mi na doireachan
Chì mi ann màghan bàna is toraiche
Chì mi na féidh air làr nan coireachan
Falaicht' an trusgan de cheò


Sèist

Beanntaichean àrda is àillidh leacainnean
Sluagh ann an còmhnuidh is còire cleachdainnean
'S aotrom mo cheum a' leum g'am faicinn
Is fanaidh mi tacan le deòin


Sèist


These are the verses as sung by The Rankin Family, a wonderful group of singers who come from the wee village of Mabou in Inverness County on Cape Breton Island, Nova Scotia, Canada. The Gaelic words of this song were originally written in 1856 by John Cameron of Ballachulish, in the Scottish Highlands. The title was originally "Dùil ri Baile Chaolais fhaicinn" (Hoping to see Ballachulish), set to an air adapted from the English tune Johnny Stays Long at the Fair.

Traducción: " Estos son los versos como los ha cantado la familia Rankin, un maravilloso grupo de cantantes que proceden de la villa de Mabou en el condado de Inverness de de la Isla de Cabo Breton en Nueva Escocia, Canadá. Las palabras gaélicas fueron originalmente escritas en 1856 por John Cameron de Ballachulish, en las tierras altas escocesas. El título original era "Deseando ver Ballachulish", adaptándola a la tonada inglesa "Johnny Stays Long at the Fair". "