Tenía el cabello negro, lacio, y la piel blanca, pálida, en sus rasgos delicados como de pequeña damita. "Mamá, mamá ??" - preguntaba al aire. Estaba oscuro ya, pero su cara brillaba, con un pánico sosegado, como de esos que uno ya conoce, y deja que muerdan por dentro, porque no puede hacerse mucho más. Yo iba en aquel momento, con mi propia hija pequeña, de camino a pedir hora para el médico. Miré distraída al principio, instintivamente, y luego detuve en seco mi paso apresurado . La niña seguía pidiendo por una madre, que yo pensé, simplemente se habría distraído en la esquina. Eso que pasa cuando los niños se rezagan y no quieren dejar el columpio y los padres ya cansados de regatear actúan como que van a dejarlos allí solos si no obedecen . El niño se inquieta, el padre actúa como que no le oye, dura unos minutos si acaso y luego todos marchan con mas o menos lágrimas, pero marchan juntos.
Observé, a ver que pasaba. "Mamá, mama?", volvía a preguntar la criatura, permitiéndose un poco mas de urgencia en la voz. No tenía mas de cinco años, la misma edad de mi hija en aquel momento. Una familia con niños, un poco mas allá, espantada por el rocío, se levanta de los bancos del parque y comienza a alejarse. Otra vez, yo quise creer que ella podría estar con ellos, haciendo tan solo eso de pedir para estarse por un rato más en los juegos. Pero aquellos padres no eran los suyos y luego de vacilar como yo misma, comenzaron a caminar hacia sus propias urgencias y prioridades. Durante un momento nos miramos entre nosotros los adultos, con esa inquietud y esa indignación en la que a veces coincidimos con otros.
No pude evitar, como nos pasaría a mas de uno, el ir a ofrecerle ayuda a la niña que no lloraba, y repetía, con la misma voz, una y otra vez, su desolada pero contenida llamada. Parecía un pajarito, u otro animal, cuando claman por sus madres y por la comida que esperan, con una sonoridad monótona, práctica.
"Como te llamas, tesoro?"
"María – dijo".
"Y tu mamá, no la ves?"
"No. No está. No sé donde está"- continuó, mirándome con aquellos con ojos grandes.
"Mamá de María!"- grité yo a mi vez, varias veces, sintiéndome algo tonta, pero sabiendo que era lo que había que probar de hacer antes que nada más. La cogí de la mano, mientras mi propia hija miraba azorada. Observamos las tres a lo largo y ancho del parque, y miramos atentamente cada una de las esquinas, e incluso en las aceras de enfrente, pero aquello parecía ya vacío de "padres". Unos adolescentes de oscuro, se preparaban discretamente su botellón, con cara de no querer ser observados. Unos hombres con un cierto aire bravucón hacían tiempo en su coche aparcado, con la radio a todo volumen. Y no había nadie más. Ciertamente, si se le sumaba a la estampa el frío que comenzaba a hacer, no era un sitio para dejar a una niñita sola. Esperamos un rato más, sin hablar casi, salvo por un murmullo de cositas dulces casi sin sentido que yo decía para tranquilizar a la niña extraviada. Ella decía que la mamá la había dejado en los columpios, y que iba a volver. Nada más. Quien sabe cuanto hacía de eso, porque mientras esperábamos allí, ya habían pasado mas de cuarenta minutos.
La familia que había marchado antes, volvió entonces sobre sus pasos a preguntar si habíamos encontrado a la señora ausente. Al menos la gente, usualmente, todavía se preocupa cuando sucede algo que involucra la seguridad de un niño. Por un momento es como si ese niño en apuros, fuese nuestro, o fuese nosotros mismos de pequeños, o todo junto a la vez. Es como si todos recordáramos, que habiendo horrores en el mundo como los hay , de todas formas puede que haya pocos momentos mas feos para un pequeño o pequeña, que sentirse solo, indefenso y abandonado en un lugar grande , vacío y oscuro. Y sin saber por qué nuestros padres no están allí ni si volverán a por nosotros. Quienes lamentablemente lo han padecido en carne propia, y lo recuerden o presientan, sabrán aún más lo que es eso.
Yo recuerdo haber sentido la irrefrenable e irracional urgencia de llevarme a aquella niña para mi casa, y criarla junto a mi propia hija, como se habría hecho un par de siglos atrás y sin muchas preguntas, una vez confirmado que no había ninguna madre que volviese. La pulsión era tan fuerte, que me alarmó sobre la visceralidad de el instinto que se nos despierta a algunas madres en situaciones, como digo, que involucren niños . Yo me encontraba, quizás, mas preocupada por la niña de lo que la situación ameritaba, pero era tanta mi indignación, que era como que si aquel desamparo se me clavase en el cuerpo.
Cruzamos, cogidas de la mano, al único sitio público realmente seguro y cercano, y que a su vez nos permitiera contactar con las autoridades pertinentes en un caso así. Se trataba de los consultorios médicos del servicio público de salud, y que casualmente, contaban con una oficina de los servicios sociales de la comunidad.
Allí, bajo la luz de los focos del establecimiento, la hermosa niña evidenciaba su delgadez, la suciedad de su pelito largo (que aun así llamaba a la caricia), y la mirada de sus ojos, con ese susto quieto que tanto me inquietaba.
Allí, bajo la luz de los focos del establecimiento, la hermosa niña evidenciaba su delgadez, la suciedad de su pelito largo (que aun así llamaba a la caricia), y la mirada de sus ojos, con ese susto quieto que tanto me inquietaba.
Los funcionarios del lugar, tomaron solícitamente los datos que la niña supo dar sobre si misma, e intentaron dar a través de su nombre, con los datos familiares dentro de el servicio nacional de salud. La sentamos y procuramos darle a la situación el aire menos dramático posible, confiando en que su mamá, habría tenido un percance o se habría distraído ( eso pasa a veces, terrible, pero pasa por múltiples razones), intentando creérnoslo nosotros mismos, y que la niña no tuviese demasiado miedo.
Efectivamente, antes de las dos horas, una señora con aire ligeramente compungido y una sonrisa obsequiosa, entró al edificio. Prácticamente cogió a la niña con un gesto tan rápido que las enfermeras no tuvieron tiempo casi de pedirle cuentas ni nada parecido, aunque no supe bien que gestión se podría o debería haber hecho entonces. Di unos pasos rápidos a mi vez, y me crucé en su camino, sin pensar en lo que hacía, tan solo pensando en esa niña y en la mía propia, no se por qué.
" No sé lo que te haya pasado, ni me importa, pero no hay niño en el mundo que merezca quedarse solo y a oscuras en un parque vacío, y que luego la madre venga, como has venido tú, como si nada hubiera pasado, y pareciendo como si fuese lo mas normal del mundo"- dije. Y mientras lo decía, yo sabía que me metía en donde no debía, o no? Y sabía que me discurso era naif, ingenuo, prejuicioso incluso tal vez, pero no pude evitarlo. Le espeté - "Yo la encontré hace casi dos horas, y rompía el corazón, lo tranquilita que intentaba estar tu hija. ¡ Cuídala mejor, mujer, que no hay derecho. Es una niña pequeña. ¡Cuídala, joder ! "- terminé casi gritando. La mujer, cuya reacción yo ignoraba y a la que me arriesgué, optó por sonreírme con una humildad refleja, de esas que se aprende a mostrar para lograr piedad. A continuación y me abrazó dándome las gracias y prometiéndome que no volvería a pasar. Diciéndome que tan solo se había ido a tomar un café y se le había pasado el tiempo.
Quise creerle, pero no pude, porque cuando la madre de la niña me abrazó, me inundó el bochornoso y agrio olor a alcohol que salía de su ropa y de su piel. De mucho alcohol y propio abandono, pese a que no vestía mal en realidad.
Quise creerle, pero no pude, porque cuando la madre de la niña me abrazó, me inundó el bochornoso y agrio olor a alcohol que salía de su ropa y de su piel. De mucho alcohol y propio abandono, pese a que no vestía mal en realidad.
Supe entonces, que aquello se repetiría, sino se había repetido ya muchas veces, y que algún día, podría no ser otra madre como yo, u otra familia, la que cogería de la mano a la niña que alguien dejó distraídamente en un columpio, al caer el sol.
Todavía hoy, y aún sabiendo que hay tantas y peores situaciones en el mundo ancho y variado para miles y millones de niños, siento la pena que nos dejó este anécdota. Aquella criatura era una personita buena, inteligente, lo decían sus ojos y sus palabras quedas. Ella lo sabía. Sabía lo que pasaba en su vida, en la de su familia. Tiempo después supimos alguna cosa más sobre otras contingencias similares que les involucraba, archivadas como no, y sobre algún remedo de seguimiento de los servicios sociales. Sobrevivirá, con un poco de suerte. Como tantos otros.
Tengo a mi vez presente la mirada de mi propia hija, confrontada con una realidad que si hay suerte, a los cinco años se ignora. Recuerdo que preguntó poco, porque todo se explicaba solo. Volvimos caminando a casa en silencio, cogidas de la mano con fuerza.
¿Qué más podíamos hacer ?