martes, 16 de noviembre de 2010

Anecdota 3: "la niña que esperaba a su mamá"


Tenía el cabello negro, lacio, y la piel blanca, pálida, en sus rasgos delicados como de pequeña damita. "Mamá, mamá ??" - preguntaba al aire. Estaba oscuro ya, pero su cara brillaba, con un pánico sosegado, como de esos que uno ya conoce, y deja que muerdan por dentro, porque no puede hacerse mucho más. Yo iba en aquel momento, con mi propia hija pequeña, de camino a pedir hora para el médico. Miré distraída al principio, instintivamente, y luego detuve en seco mi paso apresurado . La niña seguía pidiendo por una madre, que yo pensé, simplemente se habría distraído en la esquina. Eso que pasa cuando los niños se rezagan y no quieren dejar el columpio y los padres ya cansados de regatear actúan como que van a dejarlos allí solos si no obedecen . El niño se inquieta, el padre actúa como que no le oye, dura unos minutos si acaso y luego todos marchan con mas o menos lágrimas, pero marchan juntos.
Observé, a ver que pasaba. "Mamá, mama?", volvía a preguntar la criatura, permitiéndose un poco mas de urgencia en la voz. No tenía mas de cinco años, la misma edad de mi hija en aquel momento. Una familia con niños, un poco mas allá, espantada por el rocío, se levanta de los bancos del parque y comienza a alejarse. Otra vez, yo quise creer que ella podría estar con ellos, haciendo tan solo eso de pedir para estarse por un rato más en los juegos. Pero aquellos padres no eran los suyos y luego de vacilar como yo misma, comenzaron a caminar hacia sus propias urgencias y prioridades. Durante un momento nos miramos entre nosotros los adultos, con esa inquietud y esa indignación en la que a veces coincidimos con otros.
No pude evitar, como nos pasaría a mas de uno, el ir a ofrecerle ayuda a la niña que no lloraba, y repetía, con la misma voz, una y otra vez, su desolada pero contenida llamada. Parecía un pajarito, u otro animal, cuando claman por sus madres y por la comida que esperan, con una sonoridad monótona, práctica.
"Como te llamas, tesoro?"
"María – dijo".
"Y tu mamá, no la ves?"
"No. No está. No sé donde está"- continuó, mirándome con aquellos con ojos grandes.
"Mamá de María!"- grité yo a mi vez, varias veces, sintiéndome algo tonta, pero sabiendo que era lo que había que probar de hacer antes que nada más. La cogí de la mano, mientras mi propia hija miraba azorada. Observamos las tres a lo largo y ancho del parque, y miramos atentamente cada una de las esquinas, e incluso en las aceras de enfrente, pero aquello parecía ya vacío de "padres". Unos adolescentes de oscuro, se preparaban discretamente su botellón, con cara de no querer ser observados. Unos hombres con un cierto aire bravucón hacían tiempo en su coche aparcado, con la radio a todo volumen. Y no había nadie más. Ciertamente, si se le sumaba a la estampa el frío que comenzaba a hacer, no era un sitio para dejar a una niñita sola. Esperamos un rato más, sin hablar casi, salvo por un murmullo de cositas dulces casi sin sentido que yo decía para tranquilizar a la niña extraviada. Ella decía que la mamá la había dejado en los columpios, y que iba a volver. Nada más. Quien sabe cuanto hacía de eso, porque mientras esperábamos allí, ya habían pasado mas de cuarenta minutos.
La familia que había marchado antes, volvió entonces sobre sus pasos a preguntar si habíamos encontrado a la señora ausente. Al menos la gente, usualmente, todavía se preocupa cuando sucede algo que involucra la seguridad de un niño. Por un momento es como si ese niño en apuros, fuese nuestro, o fuese nosotros mismos de pequeños, o todo junto a la vez. Es como si todos recordáramos, que habiendo horrores en el mundo como los hay , de todas formas puede que haya pocos momentos mas feos para un pequeño o pequeña, que sentirse solo, indefenso y abandonado en un lugar grande , vacío y oscuro. Y sin saber por qué nuestros padres no están allí ni si volverán a por nosotros. Quienes lamentablemente lo han padecido en carne propia, y lo recuerden o presientan, sabrán aún más lo que es eso.
Yo recuerdo haber sentido la irrefrenable e irracional urgencia de llevarme a aquella niña para mi casa, y criarla junto a mi propia hija, como se habría hecho un par de siglos atrás y sin muchas preguntas, una vez confirmado que no había ninguna madre que volviese. La pulsión era tan fuerte, que me alarmó sobre la visceralidad de el instinto que se nos despierta a algunas madres en situaciones, como digo, que involucren niños . Yo me encontraba, quizás, mas preocupada por la niña de lo que la situación ameritaba, pero era tanta mi indignación, que era como que  si aquel desamparo se me clavase en el cuerpo.
Cruzamos, cogidas de la mano, al único sitio público realmente seguro y cercano, y que a su vez nos permitiera contactar con las autoridades pertinentes en un caso así. Se trataba de los consultorios médicos del servicio público de salud, y que casualmente, contaban con una oficina de los servicios sociales de la comunidad.
Allí, bajo la luz de los focos del establecimiento, la hermosa niña evidenciaba su delgadez, la suciedad de su pelito largo (que aun así llamaba a la caricia), y la mirada de sus ojos, con ese susto quieto que tanto me inquietaba.
Los funcionarios del lugar, tomaron solícitamente los datos que la niña supo dar sobre si misma, e intentaron dar a través de su nombre, con los datos familiares dentro de el servicio nacional de salud. La sentamos y procuramos darle a la situación el aire menos dramático posible, confiando en que su mamá, habría tenido un percance o se habría distraído ( eso pasa a veces, terrible, pero pasa por múltiples razones), intentando creérnoslo nosotros mismos, y que la niña no tuviese demasiado miedo.
Efectivamente, antes de las dos horas, una señora con aire ligeramente compungido y una sonrisa obsequiosa, entró al edificio. Prácticamente cogió a la niña con un gesto tan rápido que las enfermeras no tuvieron tiempo casi de pedirle cuentas ni nada parecido, aunque no supe bien que gestión se podría o debería haber hecho entonces. Di unos pasos rápidos a mi vez, y me crucé en su camino, sin pensar en lo que hacía, tan solo pensando en esa niña y en la mía propia, no se por qué.
" No sé lo que te haya pasado, ni me importa, pero no hay niño en el mundo que merezca quedarse solo y a oscuras en un parque vacío, y que luego la madre venga, como has venido tú, como si nada hubiera pasado, y pareciendo como si fuese lo mas normal del mundo"- dije. Y mientras lo decía, yo sabía que me metía en donde no debía, o no? Y sabía que me discurso era naif, ingenuo, prejuicioso incluso tal vez, pero no pude evitarlo. Le espeté - "Yo la encontré hace casi dos horas, y rompía el corazón, lo tranquilita que intentaba estar tu hija. ¡ Cuídala mejor, mujer, que no hay derecho. Es una niña pequeña. ¡Cuídala, joder ! "- terminé casi gritando. La mujer, cuya reacción yo ignoraba y a la que me arriesgué, optó por sonreírme con una humildad refleja, de esas que se aprende a mostrar para lograr piedad. A continuación y me abrazó dándome las gracias y prometiéndome que no volvería a pasar. Diciéndome que tan solo se había ido a tomar un café y se le había pasado el tiempo.
Quise creerle, pero no pude, porque cuando la madre de la niña me abrazó, me inundó el bochornoso y agrio olor a alcohol que salía de su ropa y de su piel. De mucho alcohol y propio abandono, pese a que no vestía mal en realidad.
Supe entonces, que aquello se repetiría, sino se había repetido ya muchas veces, y que algún día, podría no ser otra madre como yo, u otra familia, la que cogería de la mano a la niña que alguien dejó distraídamente en un columpio, al caer el sol.
Todavía hoy, y aún sabiendo que hay tantas y peores situaciones en el mundo ancho y variado para miles y millones de niños, siento la pena que nos dejó este anécdota. Aquella criatura era una personita buena, inteligente, lo decían sus ojos y sus palabras quedas. Ella lo sabía. Sabía lo que pasaba en su vida, en la de su familia. Tiempo después supimos alguna cosa más sobre otras contingencias similares que les involucraba, archivadas como no, y sobre algún remedo de seguimiento de los servicios sociales. Sobrevivirá, con un poco de suerte. Como tantos otros.
Tengo a mi vez presente la mirada de mi propia hija, confrontada con una realidad que si hay suerte, a los cinco años se ignora. Recuerdo que preguntó poco, porque todo se explicaba solo. Volvimos caminando a casa en silencio, cogidas de la mano con fuerza.
¿Qué más podíamos hacer ?

jueves, 11 de noviembre de 2010

Canción de arena

Ella mira el mar, y no puede dejar de llorar en silencio, quedamente, en privado. Su mayor fortuna, la casita en la arena, con vistas al cielo todo y las majestuosas olas, la retienen allí. Allí perdona y se perdona todo. Se sienta al borde de la tarima de madera de la entrada, con las piernas colgando, y deja fluir luz y oscuridad, entre el atardecer y su corazón prematuramente cansado. En ese lugar hay ocasiones  en que si hay suerte y pone empeño, encuentra la sabiduría para quitarle  dimensión a sus miedos, a sus ambiciones y a sus apegos. Aún así, la sabiduría es esquiva, y  la paz y la conciliación exigen mucho camino hecho. Hoy, la mujer sin maquillaje, se encuentra agitada, y eso la enoja. La brisa del fin de verano, le pica en la piel, y la despeina distraídamente. Si alguien la fotografiase a escondidas, lograría una agradable estampa, de esas que significan cosas diferentes para según quien las mire. Las dunas, la casita, la mujer con el pelo al viento, por un momento sin edad, ninguno de ellos.
Dentro  de la estancia, suena la radio con una canción de aquellas que ella solía escuchar cuando era adolescente y comenzaba a soñar con cantar. Sólo con cantar, y ser feliz cantando frente al público, aunque no llegase nunca a ser famosa. Los acordes la retrotraen a años atrás, muchos, cuando cantar, justamente, y no otra cosa,  era la meta misma. Cuando apenas albergaba alguna pretensión de ser mínimamente  aplaudida o reconocida,  si lo hacía bien, porque eso era lo de menos. Cuando fantaseaba con que su voz o alguna canción suya, podría tal vez ayudar a otras personas, o inspirar a algún decepcionado, o hacer sonreír y bailar a quien le viniese bien. 
 Últimamente hay días en que veces olvida todo lo vivido en los últimos veinte arduos años de subidas y bajadas de  los escenarios  en donde actuó. Olvida lo bueno, y sabe qué no debería hacerlo. Pero más que nada, olvida lo malo, y olvida las subidas y bajadas de su ánimo, de su fe en el arte, en sí misma, y en el amor humano. Solo entonces, cuando todo aquello es barrido al patio de atrás de su mente, ella puede volver a cantar por cantar. Siendo, como antes,  inocente de verdad. Durante esos días, o temporadas incluso, ella  le canta al mar, a las olas, canta para sí misma,  y quizás para algún transeúnte desprevenido  y tan solitario como ella. Vuelve a recordar lo que  es cantarle a todo, incluido  al amor y el desamor, vibrando de emoción,  y a veces de esfuerzo vital y físico también, pero vibrando. Vibrando con la voz, dentro de la voz, como si de un credo personal y profundo se tratase. Algo de eso que a veces no se puede explicar a quien no lo ha vivido. Algo como flotar e ir en la palabra y la nota, ir y volver y volar y caer y expandirse, a riesgo de no considerar ni tan siquiera la belleza de la palabra o la música, sino solo el placer de planear sobre y dentro de ellas. En esos momentos en que vuelve la pureza y la plenitud y la voz se le aclara y las letras de las viejas canciones vuelven a su garganta. Y vuelven a tener sentido.
Se pone de pie, y  canta otra vez. Ríe cantando y canta porque si, por todo lo mencionado y por nada que tenga que ver con la ley del comercio a la que todos hemos reducido antes o después todas las manifestaciones del hombre. Luego de golpe, la voz se le quiebra. Es por el peso de  la ilusión perdida, la frustración inexplicable. Por el extravío de aquella magia que ellá sintió como mancillada por  la industria, por la insídia o por la propia vanidad.  Hasta por su propia vanidad... Impertinentes fantamas que suben desde su interior, y le roban la paz. Sentada a la puerta de la casita azul, rincón donde guarda sus últimas canciones secretas, ella baja la cabeza  añorando los escenarios que ha dejado atrás, los que ha amado y los que ha odiado. Añorando tal vez también, si es del todo sincera  consigo misma,  los aplausos de algunas ocasiones inolvidables, y las butacas semivacías de  las olvidables. Tertulias de madrugada,  de ojos cansados y vibrantes, con los músicos, con amigos, vaso en mano, con el sabor feliz de haber dado todo de sí, otra noche más. Imágenes intensas, que en realidad nunca se han ido.
 Allí en el pequeño porche frente al viento, con los pies en la arena fría, vuelve a esperar  el poder cantar sin que la voz se le quiebre de pena, y de pura contradicción.  Y vuelve a enojarse consigo misma. “Tonta, eres tonta!”- se dice. Se mece y piensa en su familia, en las canciones frente al fuego, en las tardes de coros y guitarras  con sus antiguos compañeros de colegio, en las primeras flores y los primeros aplausos, cuando el mundo era grande y deseable en aquel sentido, y ella se sentía  fuerte, bella y crédula. Intuye  los caminos abandonados, y los caminos con cruces difíciles y  piensa también en el camino empedrado que lleva a su casita en la playa. Mientras, cerca y lejos a la vez, el mar rumorea, inmutable, rítmico, y el móvil de cristales del porche, repica suavemente. Ella vuelve a tararear, y se seca las lágrimas y la autocompasión. Olvida limpiarse la arena de las manos, y se llena los ojos con las incómodas piedritas. Vuelve a reír, de sí misma, de sus cambios de humor, de su madurez  imparable. Intuye como el  tiempo que va pasando y pasando como ese viento y esas olas, mientras ella se marea entre recuerdos y búsquedas y notas tímidas y  esas lágrimas casi infantiles que no puede evitar. Lanza a varios metros  la caracola medio quebrada que había estado sosteniendo casi obsesivamente durante quien sabe cuántos minutos, o tal vez horas. Sigue tarareando al ritmo prestado del cristal y el agua, y la voz se le acumula  por dentro  y vuelve a fluir. Primero poco a poco y luego como un fuego  desbocado. Camina unos pasos hacia el mar, cantando a todo pulmón,  llena de buenos recuerdos, y nuevas fortalezas.   
Pero entonces, algo requiebra su frágil coraza, su lento aprendizaje. Es el viento que cambia momentáneamente de dirección, y le trae carcajadas lejanas de los bares de la costa. Ella  se detiene, y por distintas razones la canción se deshilvana en su lengua, cae por sus brazos, y se le enreda en los pies. Ella tropieza murmurando las últimas notas. La sal de los ojos la devuelve a la tierra, y clavando las manos en la arena mojada, deja que el agua vuelva al agua y que la canción marche de una vez. Muda queda, con los ojos brillantes, y mira como la noche bella pero indiferente va  tomando  metro a metro el mar, la costa y la piel fina y empecinada de su propia alma.