Había un señor, en un lugar cuyo nombre no recuerdo, que quería hacer
a su alrededor un mundo que le agradase. Un pequeño mundo que fuera fresco,
colorido, tranquilo, y abierto. No era
malo, ni egoísta, ni tan siquiera muy rico. Era alguien a quien le agradaba
compartir sus cosas, pero de alguna
manera necesitaba algo bonito y seguro a su alrededor. Logró un día, comprar
una minúscula isla que quedaba en medio de un minúsculo lago, que a su vez
quedaba en medio de una comarca agradable
y muy poblada por gentes trabajadoras y bastante normales. Adentrándose
en el corazón de esa pequeña isla, que apenas distaba unos cuantos metros de la
otra orilla, allí mismo el señor construyó su casa
soñada. Cálida y luminosa, la rodeó de árboles y flores,
reservando los mejores ejemplares de unos y otras para ribetear de luz y color
todo el borde exterior de la playa de su pequeña isla. De esta
forma todos los habitantes de enfrente, en tierra firme, podían regodearse con la vista y todos los sentidos al contemplar
aquel jardín, que sin ser ostentoso, extraía lo más bello de la
naturaleza que estimula y alegra a los hombres.
Allí en el borde mismo de la islita, siempre podía verse aparcado un
bote de remos. Era celeste y blanco y el agua le movía suavemente a un lado y al
otro marcando el paso del tiempo. En fechas señaladas, o porque sí nomás, el
señor de la pequeña isla cruzaba en menos de treinta remadas, hasta el puerto
de sus vecinos. También de vez en cuando, gentes curiosas o simplemente espontáneas, visitaban la islita,
utilizando el pequeño barco celeste y blanco para cruzar el lago. Casi ni
necesitaban utilizarlo en realidad, porque siempre parecía que tan sólo de un salto se podía alcanzar la
playa de la isla del señor que vivía entre los jardines luminosos. La tradición y el romántico gesto de cruzar
esa pequeña frontera en el bote de remos, complacían a unos y otros y les daba
tiempo para contemplar el tiempo y la orilla florida con más parsimonia y
anhelo a la vez. Y así pasaron límpidos los años. El señor no impedía las
visitas, y era más que feliz al ver vagar a los recién llegados por sus
jardines suaves y llenos de paz y color. Se sentía contento de estar allí y
tener aquella compañía indirecta, y le alegraba compartir su mágico jardín
ya que no pensaba que pudiesen ni debiesen existir fronteras en estos temas ni
en otros. Al caer el sol, todos los visitantes se volvían a sus casas y el
equilibrio se mantenía sin problemas. Y el pequeño bote celeste iba y venía,
paciente y brillante, sobre las aguas tranquilas. A nadie se le
ocurría nada diferente de aquel
incontrastable hecho de que la isla estaba a disposición de todos, y que su guardián,
dueño y jardinero, era como un abuelo mago, bueno y complaciente, cuya obra se
podía admirar y disfrutar sin que este pidiera nada a cambio.
Pero llegó un día, como pasa en todos los cuentos, en que algo
cambió. Las lluvias comenzaron a menguar, las cosechas ya no iban y venían
desde el campo como antes y la ciudad del puerto se volvió algo
triste y distraída. Y el minúsculo laguito se secó. Aquella modesta
frontera de agua entre la pequeña isla y
el resto de la comarca desapareció, dejando en su lugar una fea franja
marrón que circunvalaba los esmerados jardines del buen señor. El
barquito bueno, quedó medio enterrado en el barro seco y pareció como que la
isla pasaba a transformarse ahora en parte de la tierra firme.
Y aquellas buenas gentes, que tan controladamente habían aprendido
a contemplar y respetar los jardines que
el señor de la pequeña islita había levantado, cambiaron poco a poco de
actitud. Se dieron cuenta, de que en la nueva situación bastaba con
cruzar caminando sin esfuerzo cuatro metros de tierra seca, para hincar
el pie en la verde ladera de la isla. Una isla que pese a la sequía se mantenía
extrañamente lozana y espléndida. El verdor les pareció desafiante, y la
generosidad del dueño de los jardines, soberbia. La facilidad para llegar
a los jardines, pensaron que era tal vez una licencia para ir y venir a su
antojo y sin cuidado ni mesura por entre las flores, frutales y caminos
blancos. Fue entonces, el momento en que se perdió aquella amable precaución
que imponían sin darse cuenta, el cordón de agua y aquel precioso barquito. El
pequeño barco, celeste y blanco, de permanentes brazos abiertos.
Los amables vecinos de otrora, comenzaron a cruzar a toda hora
a la isla del buen señor. Ya no marchaban, o se quedaban días y días y noches y noches, acampando y
bailando sin cuidado sobre el manto de colores y olores maravillosos. De tanto
descontrol, y por pensar que muerta el agua, que aquel pequeño reino había
pasado a pertenecerles también, no vieron o quisieron ver lo que sus pies y sus
gestos iban marchitando. Envidiosos e inquietos pisaron la hierba, y aplastaron
las flores y arañaron los árboles. Incluso algunos casi sin darse cuenta. Pero
destruyeron todo, día a día, palmo a palmo. Destruyeron, con espíritu público,
aquel jardín que nunca les había sido vedado, que nunca había sido privado.
La isla del buen señor, perdió brillo y se gastó, y él fue
transformado en un exiliado de su propio jardín maltrecho por los desaprensivos
visitantes. Un día, todos se dieron
cuenta al fin, de que la isla ya no extasiaba los ojos con sus colores y brillos,
y que en el lugar de las flores, nacía una bruma gris y pesada que lo
cubría todo hasta el centro mismo del
lugar. Con actitud airada, y el corazón indignado, dirigieron sus cabezas al
corazón de bosque, para reclamarle al dueño la decadencia de su pequeño
reino. Pero allí no quedaba nadie… La
casa era ahora tan sólo una maqueta vacía y los pequeños árboles frutales,
parecían centinelas secos y cansados, que ya nada tenían que dar ni vigilar. Del
señor de la pequeña isla, nunca se volvió a saber nada. Cuando las gentes del
puerto, volvían ofuscadas a sus casas, vieron al pasar arrastrando los
pies por el lecho seco del lago, que en el lugar en que el pequeño barquito
celeste había quedado anclado en el barro quedaba una pequeña mancha de color.
Como un recuerdo, como un soplo y tal vez como una advertencia, entre aquellos
terrones tristes, crecía un único y bello cardo añil.
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