No
puedo dejar de ver la imagen del ombú tan bello, tan extraño, imponente y
tranquilo a la vez. Allí, en medio del rincón olvidado de un retazo de bosque
virgen del campo de aquel país pequeño y difuso. Sobre la tierra negra y verde
que alambraron los bisabuelos. Y al pie
del enorme ombú, sentada sobre las expresivas raíces del gigante, mi mamá, con sus sesenta y pico años a cuestas. Con algo de niña mientras posa para la foto,
con la sonrisa de la esquiva esperanza y
la inocencia que pudo rescatar del pasado duro. La veo allí, a cuestas del
romanticismo, la memoria y la pura comunión con la naturaleza. La veo a ella y
veo el ombú, como un gancho hundido en mi corazón. Y a la vez, los veo a ambos como águilas
nobles que levantan la vista por sobre todo lo que no entendemos del mundo. Porque sé que simboliza cosas que se van
escapando, que no podemos detener. Quiero alargar la mano y ayudar a que mi
mamá vuele, para poder volar con ella, y con mi hija y con mi hermana aunque casi nunca esté en la foto. Quiero abrazar a mi madre y
al ombú y al monte antiguo y virgen, que
nadie podrá preservar. Ni ella, ni yo, ni nuestros cuentos, ni nuestras fotos,
porque el mundo es así.
Intento
ver más allá de las cosas, de la tierra,
y la pertenencia, asunto este tan relativo, o tal vez no. Intento grabar en algún lado la
memoria del verdor, las sombras, el prado asilvestrado, el olor a tiempo
infinito mas allá de las avaricias del hombre y las torpezas mismas, tan
típicas de inclusive los mas voluntariosos y puros de corazón.
Necesito
parar el tiempo, abrir y contemplar los baúles
de las abuelas. Esos que se van salvando de las guerras, de los
derrumbes y los incendios, de las mudanzas, los divorcios y las muertes y hasta
de la civilización misma. Cavar un modesto
pozo al pie del viejo ombú, y
enterrarlos allí . Como si de los úteros de la selva se tratasen, con las
semillas de la vida misma allí enlazadas con muñecas antiguas, trocitos de
piedras con formas especiales, y sellos viejos. Con hojas de laurel, caracolas,
cuencos de madera y marcos de cedro. Con tules, puntillas y satenes rescatados
de momentos trascendentes. Zapatitos de bebé, cristales brillantes, y dos o
tres libros de aquellos. De esos en los que siempre quedan fotos y cartas y
flores secas, salvados entre sus páginas, bañados todos con un perfume viejo y suave
que parece incorruptible. Luego, me pondría a danzar en silencio sobre el
tesoro y bajo el guardián. Para poder
marchar en paz y con la cabeza alta. Con el mapa del tesoro en el
corazón y en una canción confusa en la boca, para que no se pierda del todo su
recuerdo y su secreto.
Grandes
brazos, grandes raíces. Olor a campo y sol de Sudamérica. Murmullos de bichos y
la brisa que sacude y hace ronronear las ramas y la hierba. Unos pájaros cuyo nombre voy olvidando
quieren dejar su canto en la imagen. Mi
mamá sonríe. Mientras saco la foto mi bebé gorjea y se enreda entre mis pies, y
por un momento todas quedamos salvadas para siempre junto al enorme ombú.
Respetuosos
de manera instintiva, los hombres esperan en el coche, a la sombra, esperando el gesto para volver a la carretera. Al avión. A la otra vida.
Paula,Sabadell, 4 de marzo del 2010
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