jueves, 15 de noviembre de 2012

El enorme ombú



No puedo dejar de ver la imagen del ombú tan bello, tan extraño, imponente y tranquilo a la vez. Allí, en medio del rincón olvidado de un retazo de bosque virgen del campo de aquel país pequeño y difuso. Sobre la tierra negra y verde que alambraron los bisabuelos. Y al pie del enorme ombú, sentada sobre las expresivas raíces del gigante, mi mamá, con sus sesenta y pico años a cuestas.  Con algo de niña mientras posa para la foto, con  la sonrisa de la esquiva esperanza y la inocencia que pudo rescatar del pasado duro. La veo allí, a cuestas del romanticismo, la memoria y la pura comunión con la naturaleza. La veo a ella y veo el ombú, como un gancho hundido en mi corazón. Y a la vez, los veo a ambos como águilas nobles que levantan la vista por sobre todo lo que no entendemos del mundo. Porque sé que simboliza cosas que se van escapando, que no podemos detener. Quiero alargar la mano y ayudar a que mi mamá vuele, para poder volar con ella, y con mi hija y con mi hermana aunque   casi nunca  esté en la foto. Quiero abrazar a mi madre y al ombú y al monte antiguo y virgen,  que nadie podrá preservar. Ni ella, ni yo, ni nuestros cuentos, ni nuestras fotos, porque el mundo es así.
Intento ver más allá  de las cosas, de la tierra, y la pertenencia, asunto este tan relativo,  o tal vez no. Intento grabar en algún lado la memoria del verdor, las sombras, el prado asilvestrado, el olor a tiempo infinito mas allá de las avaricias del hombre y las torpezas mismas, tan típicas de inclusive los mas voluntariosos y puros de corazón.
Necesito parar el tiempo, abrir y contemplar los baúles  de las abuelas. Esos que se van salvando de las guerras, de los derrumbes y los incendios, de las mudanzas, los divorcios y las muertes y hasta de la civilización misma. Cavar un modesto  pozo al pie del viejo ombú, y enterrarlos allí . Como si de los úteros de la selva se tratasen, con las semillas de la vida misma allí enlazadas con muñecas antiguas, trocitos de piedras con formas especiales, y sellos viejos. Con hojas de laurel, caracolas, cuencos de madera y marcos de cedro. Con tules, puntillas y satenes rescatados de momentos trascendentes. Zapatitos de bebé, cristales brillantes, y dos o tres libros de aquellos. De esos en los que siempre quedan fotos y cartas y flores secas, salvados entre sus páginas, bañados todos con un perfume viejo y suave que parece incorruptible. Luego, me pondría a danzar en silencio sobre el tesoro y bajo el guardián. Para poder  marchar en paz y con la cabeza alta. Con el mapa del tesoro en el corazón y en una canción confusa en la boca, para que no se pierda del todo su recuerdo y su secreto.
Grandes brazos, grandes raíces. Olor a campo y sol de Sudamérica. Murmullos de bichos y la brisa que sacude y hace ronronear las ramas y la hierba.  Unos pájaros cuyo nombre voy olvidando quieren dejar su canto  en la imagen. Mi mamá sonríe. Mientras saco la foto mi bebé gorjea y se enreda entre mis pies, y por un momento todas quedamos salvadas para siempre junto al enorme ombú.

Respetuosos de manera instintiva, los hombres esperan en el coche, a la sombra,  esperando el gesto  para volver a la carretera.  Al avión. A la otra vida.

el  enorme ombú

                                                                                        Paula,Sabadell, 4 de marzo del 2010