Tu no me querrías si pudieses ver como soy en realidad. Si pudieras ver de que estoy hecha"- dijo ella. "Si tú conocieras mi verdadera consistencia, ya no querrías amarme "- murmuró, pero sin bajar los ojos. Tan segura estaba.
El la miró, a aquella joven suave y bella, con su cabeza enmarcada entre velos casi medievales, como si se tratara de una monja de las antiguas ordenes de clausura de las eras frías. Las telas no hacían mas que realzar la dulzura de aquella mirada casi oculta, sincera y triste, y que parecía prever una desgracia inevitable. Como podría él dejar de quererla...
"No hay nada que hiciera que yo dejase de quererte, amor. Fueras como fueras, te querría y te reconocería aun en medio de un batallón de seres oscuros, o de entes inmateriales " - dijo él - " Así hoy mismo te transformases en una criatura terrorífica, yo sabría y querría amarte, porque de quien estoy enamorado es de tu esencia y no menos".
El amor verdadero aupaba su candor y hacía vibrar el aire entre los dos jóvenes.
Mientras la contemplaba, él, que tenía el don de la clarividencia, sintió como fragmentos del futuro inmediato se colaban en su conciencia. Era la realidad a tan solo un par de minutos de la realidad presente. Y de golpe sintió la advertencia, pero la rueda de los instantes ya había echado a rodar, y él se sabía sumido en el ovillo. El amor le había dado certeza y el respeto y el honor, y lo que pudiera juntar de valentía, lo mantenían en su sitio. Ahora que ya era parte, por propia elección.
"Huye"- le susurró su yo futuro, avergonzado. Pero avergonzado también su yo presente aniquiló al instante la infamia. ¿Qué mas podía hacer?
Suavemente la cara de su amada, enmarcada en telas cenicientas pero casi lujosas, comenzó a cambiar, bajo el último velo frontal, que era apenas traslúcido. La carita simétrica y femenina que el conocía, la piel suave y resplandeciente, fueron transformándose en aquella textura gris, casi como de piel de sapo viejo . La cara parecía hinchada, extranjera, de simetrías extrañas. Los ojitos atontados se perdían en aquella pavorosa falta de expresión general. Y sin embargo seguía siendo ella.
Suavemente la cara de su amada, enmarcada en telas cenicientas pero casi lujosas, comenzó a cambiar, bajo el último velo frontal, que era apenas traslúcido. La carita simétrica y femenina que el conocía, la piel suave y resplandeciente, fueron transformándose en aquella textura gris, casi como de piel de sapo viejo . La cara parecía hinchada, extranjera, de simetrías extrañas. Los ojitos atontados se perdían en aquella pavorosa falta de expresión general. Y sin embargo seguía siendo ella.
El sintió y contempló. Se permitió esperar una fracción de alientos y prácticamente sin dudarlo, dijo y se dijo:
"Esta bien. Si eres tú, como te he dicho, te amaré por mas que cambie tu apariencia, y tu mirada y tu piel y tus aromas". "Te amaré, como seas, porque te amo a ti." Y, fortalecido, agregó para si mismo: " Por más que me ponga a prueba la magia o la tragedia mas oscura, creo que podré hacerlo, porque la quiero". Se concentró en mantener la cordura y el más sabio equilibrio, a la vez que era muy consciente de que estaba tan solo a dos minutos de ese futuro.
Delante de él, estaba solo su preciosa y joven adorada de siempre. Lo que el veía sin poder evitarlo, era lo que le esperaba si seguía hablando, allí sentado. Enredándose por propia voluntad. Porque se sabía desde siempre, que las palabras, las de él y las de todos, tejen y retejen y van tejiendo el ovillo de la rueda de los instantes. Entre una vuelta y la otra, hay opciones, casi siempre. Pero él no quería tener opciones. El la quería a ella.
Sin embargo comenzó a notar el miedo. El miedo que pegaba sus manos a la mesa. Hasta ese instante no había notado que había una mesa metálica entre los dos. La mirada triste de ella estaba llena de amor piadoso y a la vez implacable. La mirada de los ojos hermosos del ahora, y la mirada de los ojos idiotas, alíenos, de la visión que ya era casi presente. Dentro de él el miedo, que el honor y el amor querían ignorar, comenzó a posarse en su lengua, y en su alma y en sus vísceras. " Ayudarme! " - gritó por dentro a esas fuerzas en que al final todos queremos creer.
Ella siguió mirándole, llena de paciencia y certeza, sabedora del desgarro y el esfuerzo de aquel voluntarioso amante. Poco a poco su cara, volvió cambiar. El ya no estaba seguro de que fuera una visión de los instantes del futuro inmediato. Temía haber estado atónito y petrificado demasiados segundos. Los telas que rodeaban la cabeza de ella fueron adquiriendo una consistencia oleosa y mojada a la vez. Se volvieron oscuros y pesados, al igual que el velo frontal que cubría el rostro resignado. Un líquido extraño que ondeaba alrededor y sobre la cabeza ya indefinible, daba a aquello una pavorosa sensación de irrealidad. Parecía que las telas chapoteaban en la cara de ella, si aquello podía llamarse cara. El tul se pegaba a la ausencia de humanidad. Ya no se presentían ojos, ni boca ni nariz. Vapores grises rodeaban la presencia que ahora estaba sentada del otro lado de la estrecha mesa de metal. Tan solo en el medio de aquel horror, que ya no era una cara, parecían querer salir palabras y suspiros de una hendidura encharcada detrás de la tela. Como si se ahogara, pero sin acabar de hacerlo jamás, ella le decía que le amaba y que le perdonaba. La sustancia repulsiva burbujeaba y temblaba, fundiéndose con las telas oscuras y aceitosas. "Te quiero, te quiero" - dijo él gritando, gritando y llorando. "Te seguiré queriendo"- volvió a gritar, sin saber en que parte del ovillo estaba.
Y luego, sucedió aquello. En algún rincón de su alma, presintió una nueva visión de algo que no se había acabado de escribir todavía. Vio entonces ante sí la imagen de aquella criatura, recién nacida, la futura hija de ambos. El lo vio todo. Incluso sintió su propio amor por aquel pequeño horror. Rezumando fluidos, intentando decir "papá" a través de aquel orificio infernal, detrás de su propio velo acuoso, denso y oscuro. Su hijita. La hijita del verdadero amor de ambos.
El amor que era inmenso y resignado. Supo que sería valiente. O que podría haber llegado a serlo. Y que eso habría sido lo correcto.
Pero al contemplar el fruto de su propia valentía y de su mayor capacidad de amar, el terror amordazó su corazón y paralizó su mente. Lentamente su cerebro renunció, y el hilo del ovillo se cortó. Las visiones desaparecieron y frente a él, en el despiadado presente, estaba ella, aun bella, aun humana, tan solo unos instantes antes de transformarse. Mirándolo con la misma paciencia y el mismo amor.
Mientras él moría de pena allí mismo, ella resignadamente, dejó fluir su esencia, ya incontrolable. Mientras él se apagaba, consumido de amor y miedo por iguales, ella lo miró irse, consolándose con lo que casi había sido. Y la rueda de los instantes siguió su curso, enredándose, deteniéndose y otra vez prosiguiendo con el tejido que siempre está, que siempre ha estado y que siempre estará.
Paula
1º de diciembre, 2011