viernes, 22 de octubre de 2010

Estar aquí, estar allá ( meditabundeo 2)


Estar aquí, estar allá. Siempre, siempre, un poco con el alma partida, sin acabar de entender del todo, ni esto, ni aquello. Con amor y amores en todos lados, con réplicas y pretensiones, en cada tierra. Con esperanzas y enojos, un poco por esto, un poco por lo otro. Un pie del pensamiento en el agua, otro en el fuego. Dando las gracias, por haber estado, y haber sido y haber visto, y poder estar, y ser y ver. Esperando poder seguir yendo y viniendo, por amor, porque sí, porque no se puede  hacer otra cosa. Aunque nunca acabemos de entender, por qué nos quisimos ir, por qué no queremos o podemos volver.

El ombú enredado con el Mediterráneo, la nieve con  la arena de Piriápolis. Los bares del "under" de nuestras noches de antaño (y  las tertulias de aquel  Montevideo rebelde y noventero), enlazados con las tardecitas  en catalán, en el parque de una pequeña ciudad  con sus  escolares como los de todas partes, pero sin moña azul. Nuestra juventud, a boca jarro, cuando íbamos con mucho pelo, mucho blues y mucho lápiz negro en los ojos de aquel lado del ancho mar. Los primero intentos, los primeros trabajos, los desvelos de estudiante, que se diluyen en el realismo aplastante del curso de la vida, con la gracia de  la calma y alguna perspectiva  que dan las canas.

Todo aquello de allá, entreverado en el pecho con  nuestro hacernos maduros y padres aquí, bajo el zumbido de las europas, que nos da de comer. El árbol de tilo que nos calmaba la tos, los jacarandás de Carrasco, las sierras,  y palmares y olas con espuma salada  de Rocha,  que se nos cruzan ante los ojos con  los senderos de montaña, el gentío multilingue, y  los  preciosos peces de las calas casi sin olas de este lado del mundo. Cada uno con su belleza, cada uno que muerde y besa en lados distintos, o en el mismo lado. El asado, y la fideuá con alioli ! A veces gana uno, a veces gana el otro. Las luchas en cada sitio, y las de uno consigo mismo, y de uno con el mundo, en cualquier lugar y hora. Cada cosa con su olor.

Pero siempre, siempre  y por suerte, están las sonrisas, están las  cometas, y todas  las cartas. Y están  los nuevos desconocidos y los  pueblos viejos. Los columpios, los  corazones, y  los silencios de cualquier momento.  De todas partes... Porque en todas partes estoy, casi sin querer y queriendo. Con o sin fotografías.  Siempre esperando saber eso que siempre se escapa. Sin dejar de anhelar, bienestar  y justicia para los de todas  las esquinas del camino que vamos recorriendo torpemente. Con nuestro pasito chueco, y voluntarioso, buscando, buscando y repartiendo mal  o bien, lo que sea que llevan nuestros bolsillos de dentro.
Buscando el hilo que nos  de alguna pista sobre el final de la historia.

miércoles, 13 de octubre de 2010

La silla roja ( cuento breve )

“Soy la cara de tu nombre, la cara de tu alma, la cara de tu muerte. Soy, la luz de tus abismos y el manto oscuro de tu  risa”- fue lo primero que dijo. “¡Mírame!” - agregó. Sus ojitos bailaban como los de un duende demente, pero sus cejas y el rictus de su boca eran inquietantemente sabios, ancianos y  tranquilos.
Yo le miré, porque no pude  hacer otra cosa. Cuando  quise salir esta mañana, tan temprano que el rocío mojaba aún las piedras de la entrada, él ya estaba allí. Sentado en una ridícula sillita, pintada de un rojo descascarado. Ridículo - fue lo primero que pensé, y casi inmediatamente, un miedo profundo y alerta, se colocó en mi garganta y en mi corazón. Llevo más de seis horas sin poder moverme  de la escalera de entrada de mi propia casa. Llevo todas esas horas, mirándole, y oyéndole decir esas cosas extrañas, pero que suenan tan definitivas, tan inevitables, que mis huesos han envejecido treinta años en este largo rato. Tengo frío, pero siento todo como de lejos, como si  yo ya no estuviese aquí.
“Soy tus sueños de niño y soy tus pesadillas de adulto” - insiste- “Estoy hecho de mariposas y tierra, y de espuma y madera de sauce. Soy la araña en tu almohada y soy el beso de tu madre. ¡Quiéreme!”- grita ahora. Yo siento una carcajada de esas absurdas, incontenibles, que me sube hasta los dientes. Pero, el miedo me permite mantenerlos juntos  y evitar que la risa ofenda al ente que ha madrugado hoy en mi descuidado jardín.
Me levanté pensando en pedirle disculpas a Silvia, y a prometerle que dejaría de beber, volvería a estudiar, y abandonaría mi mal genio, y mis locas ambiciones. Pero en cambio, estoy inmovilizado bajo el cielo plomizo, sintiendo la textura húmeda y rugosa de las piedras de la escalera  bajo mis pies. ¿Por qué estoy descalzo?
“Bésame”- me dicen los ojos infinitos como juego de espejos, las manitas reposando sobre las rodillas, allí, en la silla roja que reconozco vagamente. “Traigo y llevo  en mi boca todas las pieles que has tocado y todas las bocas y manos que te han tocado a tí. Tengo el gusto del hierro y de la miel. Soy como el agua de lluvia, soy la mordida de aquel perro oscuro. Siénteme…”- sisea risueño.
Detrás de la figura extraña,  los viejos árboles que plantó mi madre hace ya demasiado, se mecen con gran belleza - noto sorprendido. Y más atrás aún, presiento el murmullo de la carretera, ajena, ajena a mí. Quiero estirar los brazos hacia la brisa que se ha levantado, pero una manita rugosa, como madera antigua, caliente como el aliento de una forja  está rodeando mi mano derecha. Pequeños tironcitos, que quiero ignorar. No sé bien por qué, pero estoy llorando. Bajo el último escalón, siento la hierba fresca y comienzo a caminar dejándome llevar. "Tómame"- susurra suavemente, apretando mi mano con la llave de la eternidad.