Llevábamos años conociéndonos. Durante años
fuimos, de toda la familia, las que mas
tiempo pasábamos en casa, juntas. La ví hacer el tonto, meterse en líos,
lastimarse de puro torpe, desafiarme sin éxito y siempre, siempre la ví volver
a mis brazos. Una y otra vez, y sin perder aquella nota de empatía y buen
querer que ella tenía, ella me acompañaba y deshacía cualquier amargor que
pudiera quedar después de alguna travesura suya. Como se suele decir, estaba
allí. Para mí, para todos. Si yo me pinchaba un dedo con un cristal o una
aguja, de alguna manera ella lo sentía y desde
la otra punta de la casa, venía a sondear mi bienestar con sus ojazos
marrones. Si había una pequeña crisis que me hacía soltar alguna lágrima tonta,
nunca me faltaba el consuelo, de su tibieza y sus besitos. Ella sabía, sin
saber. Y yo sabía que eso pasaba, sin
entender tampoco el cómo.
La veo con su morrito corto, cuando llegó a
casa el primer día. Enredándose entre nuestras piernas, adoptándonos como curiosos padres
bípedos, que no parecían estar tan mal. Con la panza arriba, y la lengua afuera.
Ladrándole -con ladrido de cachorro- al erizo rojo de goma (“el Cacaray”, como lo
bautizó un amigo nuestro), que durante la primer semana le producía miedo y curiosidad
por iguales. Durante infinitas noches de verano, bajo la bruma húmeda del arroyo
cercano, ella cazaba enormes sapos y aparecía con aspecto terrorífico, con
espuma en la boca y ojos de volver de la guerra. Nunca supimos si se los
llegaba a comer del todo, pero aquello siguió durante un par de años. Seguía
habiendo sapos y ella seguía probando aquello, sin envenenarse ni desfallecer en su particular aventura.
Me es imposible olvidar las tardes frías de
invierno, en que mis pies no necesitaban
estufa porque ella, cual un pequeño tapete voluntarioso y vivo, se enredaba
bajo mis piernas y me acompañaba a la vez que me daba calor. Yo tecleaba en el
ordenador, arrullada por aquella presencia desinteresada y dulce.
Al principio ladraba a las bicicletas y a los
transeúntes que pasaban por delante de la verja del pequeño jardín nuestro,
pero poco a poco y regañinas mediante,
aprendió a moderar aquello. Con los años, se transformó en una perrita bastante
bien educada. Y cuando acabamos viviendo en una zona céntrica de ciudad, en la
otra punta del mundo, mostró su mayor capacidad de adaptación y no era
animalito que diera la lata con ladridos o gruñidos inconvenientes ni dentro de casa ni en la
calle.
El
morrito creció y ella, que era perrita de raza mezclada nomás, se transformó en
una versión mediana de algo que pretendía tener aires de pastor alemán, sin
serlo, claro está. Pero era linda, color caramelo, estilizada, y en sus mejores
épocas, caminaba erguida, con pasitos saltarines y animosos. Si en la
calle, con cursilería, uno de nosotros
le preguntaba por el otro “donde está papá ?”, ella sabía que por algún lado
venía su otro padre humano, y como una flecha, olía el rastro que se acercaba y
buscaba el rostro conocido, corriendo a los brazos de aquel que doblaba la
esquina. ¡Este juego se podía repetir durante horas si teníamos tiempo¡ Como
atrapar el frisbee en el aire, o morder copos de nieve en invierno. Eso sí, nunca se quiso
sentar en la nieve fría, odiaba mojarse las patas en un paseo, y perdió pelo
año tras año, mes tras mes, como si fuera su pelaje el que nunca se recuperó
del cambio de latitudes. Lo que nunca le
dio miedo fue el mar, o los ríos, o las piscinas o los estanques -incluso en
las plazas-, y si te distraías, enseguida se estaba tirando al agua,
alegremente, cual perro de caza experimentado, sin serlo. Mordía las olas, o
eso pretendía, y peleaba con los saltos de agua y los chorros
automáticos. Era divertido verla.
Mi perra comía zanahoria, manzana, hierba del parque,
lechuga y otras cosas poco caninas una vez
que debió acostumbrarse a olvidar la carne vacuna del sur, a favor del pienso
perruno usual en Europa. Si comías un yogur, ella te miraba fijo (eso también
pasaba con las manzanas), esperando su turno para lamer el tarrito. Acabábamos
nerviosos nuestros yogures, ante aquella mirada impaciente.
Cuando para compensar la semana laboral en la ciudad, salíamos al campo o a la playa o
la montaña incluso, ella de alguna manera recuperaba parte de su esencia más
auténtica, y caminaba con aire de experimentada exploradora y cazadora,
abriendo camino como un perro pastor de verdad. En esos momentos caminaba con
la cola erguida y emplumada, y adoptaba actitud de gran mastín. Daba gusto
verle. Se alejaba y volvía a ver como estábamos. Años, años después, cuando se
fue haciendo viejita, dejó de ir adelante,
colocándose detrás. Cediéndonos
la guía del camino, pero sin dejar del todo la actitud alegre que le
producía la naturaleza y la libertad que sugería. Lo de esperarnos también sucedía cuando
subíamos en las escaleras de nuestro
apartamento en los que vivimos actualmente. Ella abría camino y su uno se
fatigaba o iba cargado y se detenía brevemente en el tercer piso, por decir
algo, ella volvía sobre sus pasos, bajaba hasta ti y te lamía la nariz,
animándote. No solo te esperaba y volvía a por ti, sino que te daba ánimos.
Nunca habría pensado que un perro pudiera comportarse así, aunque en realidad
el mundo esta lleno de estas historias… Una vez, en uno de nuestros
pequeños recorridos por caminos rurales,
una jauría de perros con malas pulgas se nos acercó, y ella se dispuso a
luchar, como nunca antes la habíamos visto, con el pelaje más oscuro de cuello erizado como
la melena de un león. Se preparó para algo peligroso, y estaba dispuesta a dar
la vida por la familia y por ella misma. Fue algo inquietante. En ese momento
tendría unos cinco años por aquel entonces.Era una perra que te sorprendía
cuando menos lo esperabas. Incluso cuando ella vino a vivir a España con
nosotros, pero medio año después de radicarnos
nosotros primero de forma estable, parecía comprender los grandes
cambios acaecidos, y su disposición fue increíble para aceptar todo aquello.
Tan solo al abrir la puerta de la jaula en la que viajó solita (y sedada) desde
lejos, ella pegó saltitos, movió la cola y vino hacia mí, sin dudarlo. Nunca olvidaré la imágen de cuando fui a recogerla al aeropuerto, en la zona de cargas. Ni
siquiera necesitó tiempo, para transformarse de perrita de jardín en una perrita que supiese aguardar a usar el ascensor para poder llegar a la
calle, y a un parquecito, para ir al
baño.
A mitad de su vida, unos mal vivientes la
secuestraron pensando que serviría para las atroces peleas de perros
clandestinas, que aun hoy en día suceden en las zonas mas oscuras de muchas ciudades del mundo. De alguna
manera, y tal vez por su propia ternura y delicadeza y detalles que no vienen
al caso, nuestra perra salvó la vida, y microchip de identidad
mediante, la recuperamos. Seis meses después de esa desaparición, y contra todo
pronóstico volvió a nuestras vidas, y nuestro corazón se alivió por verla salir
adelante. Aunque nunca te recuperas de la culpa de ser un ser humano, como esas malas personas que
se la llevaron una tarde de viernes junto con otros varios perritos que nunca
aparecieron. Ella volvió, herida, y mas
triste y con el morrito canoso, y las patitas con callos, pero volvió. Había
perdido un poco de afabilidad, pero seguía siendo ella, y nunca tuvo un gesto
realmente peligroso para con nosotros ni para con nuestra hija, por aquel
entonces una niña pequeñita. Pasó el tiempo, y volvimos a recuperar las rutinas. Ella se fue haciendo vieja, como
nosotros, pero a ritmo de perro que es mas acelerado, como todos sabemos.
Estos últimos años, fueron como de reencuentro,
pacientes, de aprender a ir más despacio por la vida. Los cambios se le hacían
más difíciles y poco a poco desde su vejez, parecía que la perrita se concedía
a sí misma el derecho a ser menos obediente. Empecinada
sobrevivió a tres operaciones además. Nos acompaño a mas caminatas y acampadas, aunque cada vez el
trayecto se le hacía mas pesado, y los cambios de temperatura también. Los
reflejos fueron mermando, sus habilidades y aprendizajes de otrora, también.
Los paseos diarios y las escaleras
comenzaron a costarle, y poco a poco, ya
ni veía ni oía ni olía bien. Pero no sé como, como dije antes, ella se las
apañaba para seguir estando allí, y todavía de vez en cuando se levantaba para venir a por
un mimo como cuando era joven. Y se dejaba arrullar con los abrazos de nuestra hija, una
niña ya más grandecita, que veía que la perrita abuela que la vio crecer
pronto marcharía. La última semana, y
aun sin ver ni oler bien, el animalito respondía pacientemente al “juego de la
chancleta” con el que mi marido le
buscaba las cosquillas, con la esperanza de animarla. Y ella
nos miraba sin ver, con los mismos
ojazos marrones, aunque ya veladitos por las cataratas. En nuestra soberbia
humana, cuidando tanto de ella, poco a poco quedó atrapada en el ser sin ser de
la demencia senil y el Alzheimer perrunos. Pero, incluso dos días antes de morir,
y arrastrando su confusión y la fatigas típicas de su avanzada edad, ella
volvió sobre sus pasos en las escaleras, para mirarme aun sin verme, y esperar
que yo subiera hasta nuestra puerta. El último día, las dos juntas dimos un
paseo corto, entre pequeños ciruelos de ciudad, al sol tibio de otoño. Esa
mañana había sido la peor. Pero durante el paseo, que fue como una pequeña
despedida, parecía ser la perrita de siempre. Le hice un par de fotos. Con el
alma anudada, ya sabía que era el último paseo. La abracé mientras se dormía,
el último sueño. Había llegado a
los dieciséis añitos. Se llamaba
Lucille.
