lunes, 22 de octubre de 2012

Se llamaba Lucille



Llevábamos años conociéndonos. Durante años fuimos, de toda la familia,  las que mas tiempo pasábamos en casa, juntas. La ví hacer el tonto, meterse en líos, lastimarse de puro torpe, desafiarme sin éxito y siempre, siempre la ví volver a mis brazos. Una y otra vez, y sin perder aquella nota de empatía y buen querer que ella tenía, ella me acompañaba y deshacía cualquier amargor que pudiera quedar después de alguna travesura suya. Como se suele decir, estaba allí. Para mí, para todos. Si yo me pinchaba un dedo con un cristal o una aguja, de alguna manera ella lo sentía y desde  la otra punta de la casa, venía a sondear mi bienestar con sus ojazos marrones. Si había una pequeña crisis que me hacía soltar alguna lágrima tonta, nunca me faltaba el consuelo, de su tibieza y sus besitos. Ella sabía, sin saber.  Y yo sabía que eso pasaba, sin entender tampoco el cómo.
La veo con su morrito corto, cuando llegó a casa el primer día. Enredándose entre nuestras piernas, adoptándonos como curiosos padres bípedos, que no parecían estar tan mal.  Con la panza arriba, y la lengua afuera. Ladrándole -con ladrido de cachorro- al erizo rojo de goma (“el Cacaray”, como lo bautizó un amigo nuestro), que durante la  primer semana le producía miedo y curiosidad por iguales. Durante infinitas noches de verano, bajo la bruma húmeda del arroyo cercano, ella cazaba enormes sapos y aparecía con aspecto terrorífico, con espuma en la boca y ojos de volver de la guerra. Nunca supimos si se los llegaba a comer del todo, pero aquello siguió durante un par de años. Seguía habiendo sapos y ella seguía probando aquello, sin envenenarse  ni desfallecer en su particular aventura.
Me es imposible olvidar las tardes frías de invierno, en que mis pies no  necesitaban estufa porque ella, cual un pequeño tapete voluntarioso y vivo, se enredaba bajo mis piernas y me acompañaba a la vez que me daba calor. Yo tecleaba en el ordenador, arrullada por aquella presencia desinteresada y dulce.
Al principio ladraba a las bicicletas y a los transeúntes que pasaban por delante de la verja del pequeño jardín nuestro, pero poco a poco  y regañinas mediante, aprendió a moderar aquello. Con los años, se transformó en una perrita bastante bien educada. Y cuando acabamos viviendo en una zona céntrica de ciudad, en la otra punta del mundo, mostró su mayor capacidad de adaptación y no era animalito que diera la lata con ladridos o gruñidos  inconvenientes ni dentro de casa ni en la calle.

 El morrito creció y ella, que era perrita de raza mezclada nomás, se transformó en una versión mediana de algo que pretendía tener aires de pastor alemán, sin serlo, claro está. Pero era linda, color caramelo, estilizada, y en sus mejores épocas, caminaba erguida, con pasitos saltarines y animosos. Si en la calle,  con cursilería, uno de nosotros le preguntaba por el otro “donde está papá ?”, ella sabía que por algún lado venía su otro padre humano, y como una flecha, olía el rastro que se acercaba y buscaba el rostro conocido, corriendo a los brazos de aquel que doblaba la esquina. ¡Este juego se podía repetir durante horas si teníamos tiempo¡ Como atrapar el frisbee en el aire, o morder copos de nieve en invierno. Eso sí, nunca se quiso sentar en la nieve fría, odiaba mojarse las patas en un paseo, y perdió pelo año tras año, mes tras mes, como si fuera su pelaje el que nunca se recuperó del cambio de latitudes.  Lo que nunca le dio miedo fue el mar, o los ríos, o las piscinas o los estanques -incluso en las plazas-, y si te distraías, enseguida se estaba tirando al agua, alegremente, cual perro de caza experimentado, sin serlo. Mordía las olas, o eso pretendía,  y  peleaba con los saltos de agua y los chorros automáticos. Era divertido verla.

Mi perra  comía zanahoria, manzana, hierba del parque, lechuga  y otras cosas poco caninas una vez que debió acostumbrarse a olvidar la carne vacuna del sur, a favor del pienso perruno usual en Europa. Si comías un yogur, ella te miraba fijo (eso también pasaba con las manzanas), esperando su turno para lamer el tarrito. Acabábamos nerviosos nuestros yogures, ante aquella mirada impaciente.
Cuando para compensar la semana  laboral  en la ciudad, salíamos al campo o a la playa o la montaña incluso, ella de alguna manera recuperaba parte de su esencia más auténtica, y caminaba con aire de experimentada exploradora y cazadora, abriendo camino como un perro pastor de verdad. En esos momentos caminaba con la cola erguida y emplumada, y adoptaba actitud de gran mastín. Daba gusto verle. Se alejaba y volvía a ver como estábamos. Años, años después, cuando se fue haciendo viejita, dejó de ir adelante,  colocándose detrás. Cediéndonos  la guía del camino, pero sin dejar del todo la actitud alegre que le producía la naturaleza y la libertad que sugería. Lo de esperarnos también sucedía  cuando subíamos  en las escaleras de nuestro apartamento en los que vivimos actualmente. Ella abría camino y su uno se fatigaba o iba cargado y se detenía brevemente en el tercer piso, por decir algo, ella volvía sobre sus pasos, bajaba hasta ti y te lamía la nariz, animándote. No solo te esperaba y volvía a por ti, sino que te daba ánimos. Nunca habría pensado que un perro pudiera comportarse así, aunque en realidad el mundo esta lleno de estas historias… Una vez, en uno de nuestros pequeños  recorridos por caminos rurales, una jauría de perros con malas pulgas se nos acercó, y ella se dispuso a luchar, como nunca antes la habíamos visto, con   el pelaje más oscuro de cuello erizado como la melena de un león. Se preparó para algo peligroso, y estaba dispuesta a dar la vida por la familia y por ella misma. Fue algo inquietante. En ese momento tendría unos cinco años por aquel entonces.Era una perra que te sorprendía cuando menos lo esperabas. Incluso cuando ella vino a vivir a España con nosotros, pero medio año después de radicarnos  nosotros primero de forma estable, parecía comprender los grandes cambios acaecidos, y su disposición fue increíble para aceptar todo aquello. Tan solo al abrir la puerta de la jaula en la que viajó solita (y sedada) desde lejos, ella pegó saltitos, movió la cola y vino hacia mí, sin dudarlo.  Nunca olvidaré la imágen de cuando fui a recogerla al aeropuerto, en la zona de cargas. Ni siquiera necesitó tiempo, para transformarse de perrita de jardín en  una perrita que supiese aguardar  a usar el ascensor para poder llegar a la calle, y a un parquecito,  para ir al baño.

A mitad de su vida, unos mal vivientes la secuestraron pensando que serviría para las atroces peleas de perros clandestinas, que aun hoy en día suceden en las zonas mas oscuras  de muchas ciudades del mundo. De alguna manera, y tal vez por su propia ternura y delicadeza y detalles que no vienen al caso,  nuestra  perra  salvó la vida, y microchip de identidad mediante, la recuperamos. Seis meses después de esa desaparición, y contra todo pronóstico volvió a nuestras vidas, y nuestro corazón se alivió por verla salir adelante. Aunque nunca te recuperas de la culpa de ser  un ser humano, como esas malas personas que se la llevaron una tarde de viernes junto con otros varios perritos que nunca aparecieron. Ella volvió, herida,  y mas triste y con el morrito canoso, y las patitas con callos, pero volvió. Había perdido un poco de afabilidad, pero seguía siendo ella, y nunca tuvo un gesto realmente peligroso para con nosotros ni para con nuestra hija, por aquel entonces una niña pequeñita. Pasó el tiempo, y volvimos a recuperar  las rutinas. Ella se fue haciendo vieja, como nosotros, pero a ritmo de perro que es mas acelerado, como todos sabemos.

Estos últimos años, fueron como de reencuentro, pacientes, de aprender a ir más despacio por la vida. Los cambios se le hacían más difíciles y poco a poco desde su vejez, parecía que la perrita se concedía a sí misma el derecho a ser menos obediente. Empecinada  sobrevivió a tres operaciones además. Nos acompaño a mas  caminatas y acampadas, aunque cada vez el trayecto se le hacía mas pesado, y los cambios de temperatura también. Los reflejos fueron mermando, sus habilidades y aprendizajes de otrora, también. Los paseos diarios  y las escaleras comenzaron a costarle,  y poco a poco, ya ni veía ni oía ni olía bien. Pero no sé como, como dije antes, ella se las apañaba para seguir estando allí, y todavía  de vez en cuando se levantaba  para  venir a por  un mimo como cuando era joven. Y se dejaba  arrullar con los abrazos de nuestra hija, una niña ya  más grandecita, que  veía que la perrita abuela que la vio crecer pronto marcharía.  La última semana, y aun sin ver ni oler bien, el animalito  respondía pacientemente al “juego de la chancleta” con  el que mi marido le buscaba las cosquillas, con la esperanza de animarla.   Y ella nos miraba sin ver,  con los mismos ojazos marrones, aunque ya veladitos por las cataratas. En nuestra soberbia humana, cuidando tanto de ella, poco a poco quedó atrapada en el ser sin ser de la demencia senil y el Alzheimer perrunos. Pero, incluso dos días antes de morir, y arrastrando su confusión y la fatigas típicas de su avanzada edad, ella volvió sobre sus pasos en las escaleras, para mirarme aun sin verme, y esperar que yo subiera hasta nuestra puerta. El último día, las dos juntas dimos un paseo corto, entre pequeños ciruelos de ciudad, al sol tibio de otoño. Esa mañana había sido la peor. Pero durante el paseo, que fue como una pequeña despedida, parecía ser la perrita de siempre. Le hice un par de fotos. Con el alma anudada, ya sabía que era el último paseo. La abracé mientras se dormía, el último sueño.  Había llegado a los  dieciséis añitos. Se llamaba Lucille.