martes, 12 de febrero de 2013

El señor de la pequeña isla ( cuento )



Había un señor, en un lugar cuyo nombre no recuerdo, que quería hacer a su alrededor un mundo que le agradase. Un pequeño mundo que fuera fresco, colorido, tranquilo,  y abierto. No era malo, ni egoísta, ni tan siquiera muy rico. Era alguien a quien le agradaba compartir  sus cosas, pero de alguna manera necesitaba algo bonito y seguro a su alrededor. Logró un día, comprar una minúscula isla que quedaba en medio de un minúsculo lago, que a su vez quedaba en medio de una comarca agradable  y muy poblada por gentes trabajadoras y bastante normales. Adentrándose en el corazón de esa pequeña isla, que apenas distaba unos cuantos metros de la otra orilla,  allí mismo  el señor construyó su casa soñada.  Cálida  y luminosa, la rodeó de árboles y flores, reservando los mejores ejemplares de unos y otras para ribetear de luz y color todo   el borde exterior  de la playa de su pequeña isla. De esta forma todos los habitantes de enfrente, en tierra firme,  podían regodearse con  la vista y todos los sentidos al contemplar aquel jardín, que sin ser ostentoso, extraía lo  más bello de la naturaleza que estimula y alegra a los hombres.

Allí en el borde mismo de la islita, siempre podía verse aparcado un bote de remos. Era  celeste y blanco  y el agua le movía suavemente a un lado y al otro marcando el paso del tiempo. En fechas señaladas, o porque sí nomás, el señor de la pequeña isla cruzaba en menos de treinta remadas, hasta el puerto de sus vecinos. También de vez en cuando, gentes curiosas o  simplemente espontáneas, visitaban la islita, utilizando el pequeño barco celeste y blanco para cruzar el lago. Casi ni necesitaban utilizarlo en realidad,  porque siempre parecía que  tan sólo de un salto se podía alcanzar la playa de la isla del señor que vivía entre los jardines luminosos.  La tradición y el romántico gesto de cruzar esa pequeña frontera en el bote de remos, complacían a unos y otros y les daba tiempo para contemplar el tiempo y la orilla florida con más parsimonia y anhelo a la vez. Y así pasaron límpidos los años. El señor no impedía las visitas, y era más que feliz al ver vagar a los recién llegados por sus jardines suaves y llenos de paz y color. Se sentía contento de estar allí y tener aquella compañía indirecta, y le alegraba compartir su mágico jardín ya que no pensaba que pudiesen ni debiesen existir fronteras en estos temas ni en otros.  Al caer el sol, todos  los visitantes se volvían a sus casas y el equilibrio se mantenía sin problemas. Y el pequeño bote celeste iba y venía, paciente y brillante, sobre las aguas tranquilas. A nadie se le ocurría  nada diferente de aquel incontrastable hecho de que la isla estaba a disposición de todos, y que su guardián, dueño y jardinero, era como un abuelo mago, bueno y complaciente, cuya obra se podía admirar y disfrutar sin que este pidiera nada a cambio.

Pero  llegó un día, como pasa en todos los cuentos, en que algo cambió. Las lluvias comenzaron a menguar, las cosechas ya no iban y venían desde el campo como antes y  la ciudad del puerto se volvió  algo triste  y distraída. Y el minúsculo laguito se secó. Aquella modesta frontera de agua  entre la pequeña isla y el resto de la comarca desapareció, dejando en su lugar  una fea franja marrón  que circunvalaba los esmerados jardines del buen señor. El barquito bueno, quedó medio enterrado en el barro seco y pareció como que la isla pasaba a transformarse ahora en  parte de la tierra firme.
Y aquellas buenas gentes, que tan controladamente habían aprendido a  contemplar y respetar los jardines que el señor de la pequeña islita había levantado, cambiaron  poco a poco de actitud. Se dieron cuenta, de que en la nueva situación  bastaba con cruzar caminando  sin esfuerzo cuatro metros de tierra seca, para hincar el pie en la verde ladera de la isla. Una isla que pese a la sequía se mantenía extrañamente lozana y espléndida. El verdor les pareció desafiante, y la generosidad del dueño de los jardines, soberbia. La facilidad para llegar a los jardines, pensaron que era tal vez una licencia para ir y venir a su antojo  y sin cuidado ni mesura por entre las flores, frutales y caminos blancos. Fue entonces, el momento en que se perdió aquella amable precaución que imponían sin darse cuenta, el cordón de agua y aquel precioso barquito. El pequeño barco, celeste y blanco, de permanentes brazos abiertos. Los amables vecinos de otrora,   comenzaron a cruzar a toda hora a la isla del buen señor. Ya no marchaban, o se quedaban días  y días y noches y noches, acampando  y bailando sin cuidado sobre el manto de colores y olores maravillosos. De tanto descontrol, y por pensar que muerta el agua, que aquel pequeño reino había pasado a pertenecerles también, no vieron o quisieron ver lo que sus pies y sus gestos iban marchitando. Envidiosos e inquietos pisaron la hierba, y aplastaron las flores y arañaron los árboles. Incluso algunos casi sin darse cuenta. Pero destruyeron todo, día a día, palmo a palmo. Destruyeron, con espíritu público, aquel jardín que nunca les había sido vedado, que nunca había sido privado.

La isla del buen señor, perdió brillo y se gastó, y él fue transformado en un exiliado de su propio jardín maltrecho por los desaprensivos  visitantes. Un día, todos se dieron cuenta al fin, de que la isla ya no extasiaba los ojos con sus colores y brillos, y que en el lugar de las flores, nacía una bruma gris y pesada que lo cubría todo  hasta el centro mismo del lugar. Con actitud airada, y el corazón indignado, dirigieron sus cabezas al corazón de bosque, para reclamarle al dueño la decadencia de su pequeño reino.  Pero allí no quedaba nadie… La casa era ahora tan sólo una maqueta vacía y los pequeños árboles frutales, parecían centinelas secos y cansados, que ya nada tenían que dar ni vigilar. Del señor de la pequeña isla, nunca se volvió a saber nada. Cuando las gentes del puerto,  volvían ofuscadas a sus casas, vieron al pasar arrastrando los pies por el lecho seco del lago, que en el lugar en que el pequeño barquito celeste había quedado anclado en el barro quedaba una pequeña mancha de color. Como un recuerdo, como un soplo y tal vez como una advertencia, entre aquellos terrones tristes, crecía un único y bello cardo añil.  
 


Tampoco hemos salido tan mal, no? ( meditabundeo acerca de la violencia en la sociedad y lo que queda para nuestros niños)



Hay ocasiones en que uno mira a los niños, en general, haciendo de las suyas, jugando, hablando, lo que se dé en el momento. Y ahí es cuando nos puede  puede suceder que pasemos por alguna de estas tres actitudes que enumeraré básicamente:
Una: tienes un momento romántico y te emocionas ante la energía, la alegría y la curiosidad casi inagotables que suelen tener los chiquillos, aun cuando se meten en problemas.
Dos: tienes un momento de adulto ocupado en sí mismo y sus cosas de adulto, seas padre o no, y el asunto lo ves como de lejos, como si no fuera contigo y si acaso lo contemplas como parte inevitable de la vida con la que hay que convivir.
O tres: te da por verle el lado más  "profundo" (hay quienes dirían que retorcido, tal vez) de todo lo que conlleva para los adultos tener descendencia  y para los niños, ser niños.
Cuando te encuentras en esta última sintonía que menciono, sucede que contemplas queriendo o sin querer, con mas detalle, todo lo que hay  en ese su pequeño mundo. Un pequeño mundo que en más de una ocasión no es menos  complejo  y exigente para ellos, como lo es el que los adultos nos hemos montado, según se mire, para nosotros mismos. Cuando suceden a la vez las tres variables arriba mencionadas, las emociones de uno son tan contradictorias y a la vez tan intensas, que si encima eres padre, al menos por un momento al día, al mes o cuando te toque, tienes una especie de visión de la vida más allá de lo inmediato. Parecería que por un momento quisieras ser más lúcido, mas honesto, más digno del papel delicado que te toca hacer como padre y miras con intención. Puede que solo quedes en el intento, y que realmente no logres más que estresarte y lograr un poquito de conciencia con suerte, pero al menos es un comienzo. No se puede decir que sea una mala opción a la larga, el pasar por ese trance al menos de vez en cuando.
Cuando miras, mas atentamente que de costumbre, lo que ves, aun dentro de tus limitaciones, puede inquietar. Puede que te inquietes a secas, o te fascines, o ambas cosas, incluso que quieras salir corriendo. Depende de cada persona. Y del momento en que te encuentres, tanto a nivel vital, como de tu agenda diaria.

Yo oscilo y no tengo por  qué negarlo,  entre las tres opciones mencionadas, aunque mentalmente en este momento de mi vida, casi no puedo permitirme eso de la indiferencia. Intento relativizar y lograr esa cómoda  y útil indiferencia de vez en cuando, pero me dura poco y me sale mal. No digo que me vaya mejor ni eficientemente en la vida, solo que no puedo evitar querer ver más allá, incidir en mis defectos para cuidar mejor a mi hija y observar lo que nos rodea como una leona en guardia.  Exageración, tal vez. Pero ahí está la pulsión, y supongo que no es de las peores.  Hace tiempo que tiré la toalla de intentar incidir en el entorno, pero eso no quita lo primero. La verdad es que personalmente vivo entre una mezcla de amor ferviente, agotador, primario y metafísico a la vez, y la inquietud y la fascinación permanentes de lo que es ser madre,  ver crecer un ser nuevo que surgió de tí con la llave de la vida a cuestas. Asumo que parece algo loco dicho así, pero soy sincera. No hay pretensión alguna en esa sintonía que me ataca de vez en cuando, salvo esto que digo, la pretensión  de hacer de  madre, de la mejor manera a mi alcance. Serlo, y hacerlo bien, no es algo que se enseñe en las escuelas, ni sobre lo que realmente haya criterios ni patrones uniformes, más allá de todo. Lo cual lo hace aun mas complicado. Seguro que no equivocamos  una y otra vez, pero al menos la mayoría de los padres, lo intentamos. Meditar, observar, no está mal. Pero si  nos obsesionamos, podemos perder eficiencia, practicidad, y otra vez arriesgarnos a no dar las herrramientas adecuadas, útiles y actuales a nuestros hijos, para lidiar con el día  a día.

A lo mejor alguien se identifica con mis palabras, no lo sé.  Mirando, observando con intensidad, aún cuando no me apetece y no puedo evitarlo, cansa. Y como decía produce inquietud. Pero también te permite disfrutar de momentos de intensa felicidad,  y soportar el  cansancio que tantas veces sobreviene a la mayoría de las personas con progenie (por qué negarlo). Hay ocasiones en que se puede sentir  incluso miedo.  Personalmente, por un instante admito que puedo sentir un poco de  miedo  de no ser suficiente para formar y hacer fuerte, y segura de sí misma, a mi  propia cría. Y ayudarla a que, como agregado,  siga siendo buena persona en el futuro, sin dejar de ser fuerte y segura.  Esa intención puede marearte a veces, porque el entorno y nuestras propias mochilas de experiencias vitales no ayudan, no todo el tiempo al menos, para realizar esa tarea de forma fácil. 
Cuando miras bien, si eres de los críticos con el mundo humano contemporáneo como suelo serlo yo (advertidos están los que lean mi blog y/o me conocen), puedes ver que en el mundo de las relaciones sociales, y de  los juegos y  pasos vitales de nuestros niños, están las semillas de todo lo bueno, pero también de algo de lo malo que sí hay, como ya hemos comentado, en nuestras sociedades. Y eso puede inquietar, porque damos por sentado que así tiene que ser. Que, de forma encadenada nosotros los definimos a ellos, inevitablemente y ellos definirán su vida según nuestro mismo patrón. Se da por sentado que somos los adultos como somos, en base a que la infancia es como es y que esa infancia, repetida siglo tras siglo, milenio tras
milenio con sus variantes de época y lugar, es también inevitable y que ambas se redefinen entre sí, una y otra vez.

¿Por qué vivimos, incluso los que no somos religiosos, inmersos en ese patrón de supuesta inevitabilidad? ¿Y por qué si algo queremos que cambie o mejore, lo reducimos siempre a política y economía y nos planteamos dirigir los cambios desde allí, al menos casi siempre?
Han habido grandes pensadores, docentes, visionarios, etc., que han intentado sin embargo plantar la semilla de algún cambio desde que las personas comienzan a crecer y lo han hecho con método y fundamento. Cada uno en su estilo, cada uno con su cuota de éxito y fracaso y casi todos han sido absorbidos o ignorados por la sociedad que continuó luego. También lo han intentado locos manipuladores cuyas visiones vale mejor olvidar, pienso yo. Pero y ahora, ahora mismo, qué pasa? Si nos ponemos paranoicos, algo maquiavélicos y a lo mejor menos ingenuos de lo que solemos ser todos a diario, también habrán (o no?), algunos teóricos de como debe ser formada y orientada la sociedad actual. Teóricos que asesoran aquí y allá, que conferencian, enseñan o  y que inciden de alguna manera desde la sombra, en algunos momentos claves de la formación e integración del individuo. Haciendo uso de sus teorías, su influencia, sus técnicas mas o menos inéditas, a veces  orquestadas con buena intención y otras ,con toda la intención de manipular la base de las sociedades a favor de algunos.

Pero, en este momento, en las sociedades que se llaman a sí misma  "occidentales", ¿cuál es "la luz que ilumina nuestro camino", siendo sarcásticos?  A nivel accesible, evidente, y diario: ¿cuál es realmente el hilo conductor que subyace en el sistema todo de educación formal, informal, laboral y de todo  aquello que influye en el individuo para que haga o deje de hacer? Si es que lo hay, claro está. ¿Es la búsqueda de la convivencia pacífica entre los seres con distintos legados culturales o éticos? ¿Es la búsqueda del confort esencial para TODOS? ¿Es el cuidado de nuestro entorno para mantener así su salud y la nuestra? ¿Es el anhelo por un mundo justo y equilibrado, tal vez?
¿O nos formarnos para que la mayoría trabaje si es afortunado y esforzado,  y calle y pretenda poco, divirtiéndose algo de vez en cuando, y que haga  todo eso mas o menos  en paz, pero sin cuestionarse mucho sobre casi nada? ¿O nos formamos para vivir sin tiempo, para competir uno contra el otro mientras "corremos",  para no ver ni atrás ni adelante ni a los costados con profundidad, y para no ver ni tan siquiera a nuestra progenie en profundidad?
Antaño lo haríamos, lo de competir e incluso matar,  por cazar la mejor pieza, o encontrar la zona más fértil, la fuente de agua potable más próxima y la pareja mas fértil y eso, quizás tenía algún tipo de sentido al menos en este planeta y para nuestra raza.  No sé si  eso sigue teniendo sentido.

Y vuelvo ahora a la inquietud que me hizo comenzar este texto... Todos  queremos creer que tiene sentido que nuestros hijos, nuestros niños, sean combativos, competitivos, agresivos incluso. Porque si cuestionáramos eso, nos estaríamos cuestionando otro tanto a nosotros mismos, como somos y como fuimos, como nos formamos a nuestra vez cuando éramos niños. Y eso ya es demasiado para nuestros corazones y cerebros, ya de por sí, extenuados por el día a día. Incluso  en el mejor de los casos (de individuos con un grado de confort básico o incluso óptimo), la energía que gastamos en "correr", no es tanta como para que nos quede un resto que nos permita contemplar críticamente la vida que vivimos. La gastamos en sobrevivir,  para divertirnos, para consumir, y volver a trabajar y formarnos para correr más y consumir mas y hacer como que nos divertimos un poco mas. Y es viviendo así, que se nos quedan por el camino  demasiadas variables y  todos acabamos haciendo  como que no pasan las cosas que todos sabemos que pasan y que, a mas de uno - como digo en otros artículos -, nos inquietan. Inconcientemente, o muy concientemente, pero nos inquietan y mucho. Como a mí, personalmente, me inquieta ver, a través de mi propia autocrítica y a través del mayor amor y tolerancias posibles,  ver a mi propia hija, o a sus amiguitos, o a otros niños que no conozco y contemplo casualmente, o a los niños que reflejan los cuentos, las películas, los video-juegos,incluso la publicidad. Por que no acabo de ver cual es la meta que anhelamos para ellos, repito, más allá del confort diario a base de competir y de supervivencia del más fuerte, el más indiferente, o el mas deprecativo, o el más... Seguimos trasladando a los niños ese modelo reptiliano ( por aquello del cerebro reptiliano, núcleo de nuestro desarrollo cerebral), como sino hubieramos aprendido nada en millones de años. El mas duro, el mas bestia, el mas agresivo, el mas desaprensivo, directa o indirectamente acaba siendo casi siempre el mas admirado, el mas envidiado, el paradigma del éxito, del camino a seguir, el esterotipo mas lúcido, mencionado, y encumbrado. Y casi siempre, es el sinónimo del éxito, social o económico o ambas, gracias a esos temibles méritos. Y eso se nos escapa, señoras y señores, de las manos. Antes o después. No queremos vernos, reconocernos ! Pero luego nos preguntamos " que le pasa a la juventud", o por qué pasa lo que pasa, en la política, en la guerra, en   cada pueblo, en cada casa. Y así también en los colegios, y en los parques de nuestras sociedades (supuestamente de las mas organizadas, lúcidas y civilizadas de este planeta). Es casi un misterio que los seres humanos mantengamos ese grado de auto tolerancia.

"Total… "- me dijo una vez una señora, mientras contemplábamos  en un parque las irritantes pero tontísimas peleas, no exentas de variadas  agresiones innecesarias, entre nuestra progenie - "no hay que meterse, porque  nosotros hacíamos lo mismo cuando éramos pequeños y tampoco hemos salido tan mal, no?".
“Total”, es que somos humanos y los humanos siempre hemos sido así, verdad? A santo de qué deberíamos cambiar? Los grandes visionarios de la justicia y la bondad, los avatares, y las religiones, ya no  están, o ya no cubren las expectativas, no alcanzan (o nunca alcanzaron) y volvemos a estar solos, arropados y criados por la Bolsa de Valores, las hipotecas, el consumismo desesperado y todas esas cosas tan comentadas por todos. Vamos, cubriendo carencias  con  la idea de que para tener trabajo y comida debemos vivir respirando aires contaminados y comiendo comida que nuestro cuerpo no ha aprendido todavía a procesar. Criados, formados y fortalecidos, por los horarios escolares dementes, y las agendas laborales ineficientes  e innecesarias. Y pensamos, que en realidad debemos estar incluso agradecidos. Incluso, muchos dirigentes, gobernantes y peces gordos, creen que así preservan lo mejor de este mundo para sí mismos. Y tal vez, durante un tiempo les siga funcionando. Pero es posible que este método humano no sea infinitamente aplicable y la alerta debería tenerse en cuenta.
Porque como  decía esa mamá en el parque infantil del pueblo,  no hemos salido tan mal, o no? Y nuestros hijos serán tan felices o más, de lo que hemos sido nosotros, cierto?
Los críticos "pesimistas", como puede verse a alguien como quien escribe, en estos temas, no seremos el alma de la fiesta, supongo, pero alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Cada uno que piense lo que quiera, se suele decir.