Ella mira el mar, y no puede dejar de llorar en silencio, quedamente, en privado. Su mayor fortuna, la casita en la arena, con vistas al cielo todo y las majestuosas olas, la retienen allí. Allí perdona y se perdona todo. Se sienta al borde de la tarima de madera de la entrada, con las piernas colgando, y deja fluir luz y oscuridad, entre el atardecer y su corazón prematuramente cansado. En ese lugar hay ocasiones en que si hay suerte y pone empeño, encuentra la sabiduría para quitarle dimensión a sus miedos, a sus ambiciones y a sus apegos. Aún así, la sabiduría es esquiva, y la paz y la conciliación exigen mucho camino hecho. Hoy, la mujer sin maquillaje, se encuentra agitada, y eso la enoja. La brisa del fin de verano, le pica en la piel, y la despeina distraídamente. Si alguien la fotografiase a escondidas, lograría una agradable estampa, de esas que significan cosas diferentes para según quien las mire. Las dunas, la casita, la mujer con el pelo al viento, por un momento sin edad, ninguno de ellos.
Dentro de la estancia, suena la radio con una canción de aquellas que ella solía escuchar cuando era adolescente y comenzaba a soñar con cantar. Sólo con cantar, y ser feliz cantando frente al público, aunque no llegase nunca a ser famosa. Los acordes la retrotraen a años atrás, muchos, cuando cantar, justamente, y no otra cosa, era la meta misma. Cuando apenas albergaba alguna pretensión de ser mínimamente aplaudida o reconocida, si lo hacía bien, porque eso era lo de menos. Cuando fantaseaba con que su voz o alguna canción suya, podría tal vez ayudar a otras personas, o inspirar a algún decepcionado, o hacer sonreír y bailar a quien le viniese bien.
Últimamente hay días en que veces olvida todo lo vivido en los últimos veinte arduos años de subidas y bajadas de los escenarios en donde actuó. Olvida lo bueno, y sabe qué no debería hacerlo. Pero más que nada, olvida lo malo, y olvida las subidas y bajadas de su ánimo, de su fe en el arte, en sí misma, y en el amor humano. Solo entonces, cuando todo aquello es barrido al patio de atrás de su mente, ella puede volver a cantar por cantar. Siendo, como antes, inocente de verdad. Durante esos días, o temporadas incluso, ella le canta al mar, a las olas, canta para sí misma, y quizás para algún transeúnte desprevenido y tan solitario como ella. Vuelve a recordar lo que es cantarle a todo, incluido al amor y el desamor, vibrando de emoción, y a veces de esfuerzo vital y físico también, pero vibrando. Vibrando con la voz, dentro de la voz, como si de un credo personal y profundo se tratase. Algo de eso que a veces no se puede explicar a quien no lo ha vivido. Algo como flotar e ir en la palabra y la nota, ir y volver y volar y caer y expandirse, a riesgo de no considerar ni tan siquiera la belleza de la palabra o la música, sino solo el placer de planear sobre y dentro de ellas. En esos momentos en que vuelve la pureza y la plenitud y la voz se le aclara y las letras de las viejas canciones vuelven a su garganta. Y vuelven a tener sentido.
Se pone de pie, y canta otra vez. Ríe cantando y canta porque si, por todo lo mencionado y por nada que tenga que ver con la ley del comercio a la que todos hemos reducido antes o después todas las manifestaciones del hombre. Luego de golpe, la voz se le quiebra. Es por el peso de la ilusión perdida, la frustración inexplicable. Por el extravío de aquella magia que ellá sintió como mancillada por la industria, por la insídia o por la propia vanidad. Hasta por su propia vanidad... Impertinentes fantamas que suben desde su interior, y le roban la paz. Sentada a la puerta de la casita azul, rincón donde guarda sus últimas canciones secretas, ella baja la cabeza añorando los escenarios que ha dejado atrás, los que ha amado y los que ha odiado. Añorando tal vez también, si es del todo sincera consigo misma, los aplausos de algunas ocasiones inolvidables, y las butacas semivacías de las olvidables. Tertulias de madrugada, de ojos cansados y vibrantes, con los músicos, con amigos, vaso en mano, con el sabor feliz de haber dado todo de sí, otra noche más. Imágenes intensas, que en realidad nunca se han ido.
Allí en el pequeño porche frente al viento, con los pies en la arena fría, vuelve a esperar el poder cantar sin que la voz se le quiebre de pena, y de pura contradicción. Y vuelve a enojarse consigo misma. “Tonta, eres tonta!”- se dice. Se mece y piensa en su familia, en las canciones frente al fuego, en las tardes de coros y guitarras con sus antiguos compañeros de colegio, en las primeras flores y los primeros aplausos, cuando el mundo era grande y deseable en aquel sentido, y ella se sentía fuerte, bella y crédula. Intuye los caminos abandonados, y los caminos con cruces difíciles y piensa también en el camino empedrado que lleva a su casita en la playa. Mientras, cerca y lejos a la vez, el mar rumorea, inmutable, rítmico, y el móvil de cristales del porche, repica suavemente. Ella vuelve a tararear, y se seca las lágrimas y la autocompasión. Olvida limpiarse la arena de las manos, y se llena los ojos con las incómodas piedritas. Vuelve a reír, de sí misma, de sus cambios de humor, de su madurez imparable. Intuye como el tiempo que va pasando y pasando como ese viento y esas olas, mientras ella se marea entre recuerdos y búsquedas y notas tímidas y esas lágrimas casi infantiles que no puede evitar. Lanza a varios metros la caracola medio quebrada que había estado sosteniendo casi obsesivamente durante quien sabe cuántos minutos, o tal vez horas. Sigue tarareando al ritmo prestado del cristal y el agua, y la voz se le acumula por dentro y vuelve a fluir. Primero poco a poco y luego como un fuego desbocado. Camina unos pasos hacia el mar, cantando a todo pulmón, llena de buenos recuerdos, y nuevas fortalezas.
Pero entonces, algo requiebra su frágil coraza, su lento aprendizaje. Es el viento que cambia momentáneamente de dirección, y le trae carcajadas lejanas de los bares de la costa. Ella se detiene, y por distintas razones la canción se deshilvana en su lengua, cae por sus brazos, y se le enreda en los pies. Ella tropieza murmurando las últimas notas. La sal de los ojos la devuelve a la tierra, y clavando las manos en la arena mojada, deja que el agua vuelva al agua y que la canción marche de una vez. Muda queda, con los ojos brillantes, y mira como la noche bella pero indiferente va tomando metro a metro el mar, la costa y la piel fina y empecinada de su propia alma.
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