miércoles, 13 de octubre de 2010

La silla roja ( cuento breve )

“Soy la cara de tu nombre, la cara de tu alma, la cara de tu muerte. Soy, la luz de tus abismos y el manto oscuro de tu  risa”- fue lo primero que dijo. “¡Mírame!” - agregó. Sus ojitos bailaban como los de un duende demente, pero sus cejas y el rictus de su boca eran inquietantemente sabios, ancianos y  tranquilos.
Yo le miré, porque no pude  hacer otra cosa. Cuando  quise salir esta mañana, tan temprano que el rocío mojaba aún las piedras de la entrada, él ya estaba allí. Sentado en una ridícula sillita, pintada de un rojo descascarado. Ridículo - fue lo primero que pensé, y casi inmediatamente, un miedo profundo y alerta, se colocó en mi garganta y en mi corazón. Llevo más de seis horas sin poder moverme  de la escalera de entrada de mi propia casa. Llevo todas esas horas, mirándole, y oyéndole decir esas cosas extrañas, pero que suenan tan definitivas, tan inevitables, que mis huesos han envejecido treinta años en este largo rato. Tengo frío, pero siento todo como de lejos, como si  yo ya no estuviese aquí.
“Soy tus sueños de niño y soy tus pesadillas de adulto” - insiste- “Estoy hecho de mariposas y tierra, y de espuma y madera de sauce. Soy la araña en tu almohada y soy el beso de tu madre. ¡Quiéreme!”- grita ahora. Yo siento una carcajada de esas absurdas, incontenibles, que me sube hasta los dientes. Pero, el miedo me permite mantenerlos juntos  y evitar que la risa ofenda al ente que ha madrugado hoy en mi descuidado jardín.
Me levanté pensando en pedirle disculpas a Silvia, y a prometerle que dejaría de beber, volvería a estudiar, y abandonaría mi mal genio, y mis locas ambiciones. Pero en cambio, estoy inmovilizado bajo el cielo plomizo, sintiendo la textura húmeda y rugosa de las piedras de la escalera  bajo mis pies. ¿Por qué estoy descalzo?
“Bésame”- me dicen los ojos infinitos como juego de espejos, las manitas reposando sobre las rodillas, allí, en la silla roja que reconozco vagamente. “Traigo y llevo  en mi boca todas las pieles que has tocado y todas las bocas y manos que te han tocado a tí. Tengo el gusto del hierro y de la miel. Soy como el agua de lluvia, soy la mordida de aquel perro oscuro. Siénteme…”- sisea risueño.
Detrás de la figura extraña,  los viejos árboles que plantó mi madre hace ya demasiado, se mecen con gran belleza - noto sorprendido. Y más atrás aún, presiento el murmullo de la carretera, ajena, ajena a mí. Quiero estirar los brazos hacia la brisa que se ha levantado, pero una manita rugosa, como madera antigua, caliente como el aliento de una forja  está rodeando mi mano derecha. Pequeños tironcitos, que quiero ignorar. No sé bien por qué, pero estoy llorando. Bajo el último escalón, siento la hierba fresca y comienzo a caminar dejándome llevar. "Tómame"- susurra suavemente, apretando mi mano con la llave de la eternidad.

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